Hoy nos trasladamos a noviembre de 1970 para revisar el tercer álbum de estudio de una de las mentes más inquietas y transformadoras del siglo XX: David Bowie y su electrizante The Man Who Sold the World.
Tras la etapa folclórica y psicodélica de Space Oddity, Bowie decidió dar un viraje radical hacia un sonido mucho más pesado, denso y oscuro. Para lograrlo, reclutó al talentoso guitarrista Mick Ronson y al baterista Mick Woodmansey quienes, junto al bajista y productor Tony Visconti, sentaron las bases instrumentales de lo que más tarde serían The Spiders from Mars. Con riffs de guitarra incisivos, ritmos potentes y letras impregnadas de paranoia, filosofía nietzscheana y dualidad mental, The Man Who Sold the World es considerado el punto de origen del hard rock bailable, el proto-metal y el germen del glam rock.
La trascendencia de este álbum no radica únicamente en la virtuosa pirotecnia de la guitarra de Mick Ronson o la sólida producción de Visconti, sino también en el desafío estético que representó. Con la célebre portada británica que mostraba a Bowie luciendo un vestido diseñado por Michael Fish, el artista comenzó a cuestionar las nociones tradicionales de género e identidad, preparando el terreno para los personajes y mundos conceptuales que vendrían en los años posteriores.