Hoy es 4 de noviembre, una fecha marcada a fuego en la historia del rock alternativo. Un día como hoy, en 1991, vio la luz Loveless, el segundo álbum de estudio de la banda anglo-irlandesa My Bloody Valentine. Hoy celebramos exactamente 35 años de una obra que no solo definió el sonido del shoegaze, sino que reconfiguró para siempre las posibilidades expresivas de la guitarra eléctrica y la producción musical.
Liderados por el perfeccionismo obsesivo del guitarrista y compositor Kevin Shields, la banda pasó más de dos años y recorrió 19 estudios de grabación para esculpir este monumento sonoro. Mediante el uso pionero de la técnica del glide guitar —desafinando la palanca de trémolo mientras tocaba—, capas infinitas de acoples controlados y las voces etéreas de Bilinda Butcher y el propio Shields sumergidas en la mezcla, Loveless logró crear una pared de sonido a la vez atronadora y bella, ruidosa e hipnótica.
La leyenda que rodea a este álbum habla de presupuestos al límite que casi llevaron a la quiebra a la discográfica Creation Records. Sin embargo, más allá de los mitos de estudio, la genialidad de Loveless habita en su capacidad para transformar la sobrecarga de volumen en un refugio íntimo. En sus surcos, el ruido blanco deja de ser agresión para convertirse en una textura cálida, afectiva y rotundamente poética.