Hoy es martes 2 de junio. Y el viaje sonoro que nos convoca nos lleva directamente al año 2016. Hace exactamente una década, a finales de mayo, el sello Saddle Creek publicaba un trabajo silencioso pero fulminante, un debut que cambiaría el panorama del indie rock y el folk contemporáneo norteamericano. Hablo de Masterpiece, el primer larga duración de la banda neoyorquina Big Thief.
Antes de convertirse en el monstruo creativo que son hoy, capaces de llenar teatros y tejer texturas complejísimas, aquí nos encontramos con cuatro músicos en su estado más puro, crudo y urgente. La fragilidad y la rabia contenida en la voz de Adrianne Lenker, los acordes impredecibles de Buck Meek, el pulso orgánico de Max Oleartchik en el bajo y James Krivchenia en la batería. Masterpiece no era un título soberbio; era una profecía de lo que este cuarteto era capaz de hacer. Un mapa de cicatrices emocionales, guitarras distorsionadas que crujen como madera vieja y una honestidad lírica que desarma.