Inicios de mayo, pero de 1989, el mundo terminaba de asimilar el impacto de una obra maestra. Hablamos de Disintegration, el octavo álbum de estudio de The Cure. Tras el éxito colorido y pop de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, Robert Smith —aterrado por la idea de cumplir 30 años y no haber entregado su 'obra definitiva'— decidió encerrarse en la oscuridad de los Hook End Manor Studios.
El resultado fue una pared de sonido hipnótica. Un disco que Elektra Records calificó en su momento como 'un suicidio comercial' por ser demasiado depresivo, pero que terminó convirtiéndose en el testamento emocional de toda una generación. Es el sonido de la lluvia en los cristales, de los amores que se desintegran y de la belleza que solo se encuentra en la tristeza más pura. Disintegration no es solo un disco, es un refugio; un recordatorio de que incluso en la desintegración absoluta de nuestros sentimientos, hay una armonía que nos sostiene.