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Blog En panorámica

Editorial: Bachelet o un progesismo que ofrece futuro mirando para atrás.

16/10/2026
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Desde que Francis Ford Coppola dirigió El Padrino III, motivado por la urgencia, sabemos que, salvo contadas excepciones, las terceras partes traen consigo un riesgo incalculable capaz de hacer tambalear el prestigio y la trayectoria de los más grandes. 

El revuelo provocado por las recientes declaraciones de Michelle Bachelet sobre una eventual tercera candidatura presidencial retrata con nitidez la orfandad estratégica en la que se encuentra la izquierda chilena. Bastó un guiño condicional en una entrevista para que las distintas colectividades del sector buscaran refugio en su figura, aferrándose a ella como una respuesta casi providencial frente a la profunda incertidumbre política en la que habitan.

Sin embargo, el protagonismo que mantiene la expresidenta, más que un motivo de celebración, es el síntoma de una patología de fondo: la incapacidad sistemática de la izquierda para consolidar nuevos liderazgos influyentes y desarrollar un pensamiento político en sintonía con las prioridades del Chile actual.

Es innegable que la figura de Bachelet sigue actuando como un valioso pegamento político, capaz de articular alianzas desde el Partido Comunista hasta la centroizquierda tradicional. Pero confundir esa capacidad de articulación interna con un proyecto de futuro es un error costoso. Que el progresismo deba recurrir una y otra vez a un liderazgo consolidado a inicios de los años 2000 —cuyo segundo mandato dejó además un balance complejo en materia de crecimiento económico, gestión migratoria y reformas— evidencia un alarmante déficit de renovación.

Esta incapacidad de renovación se traduce en una brecha insostenible entre la retórica reformista del progresismo y su desempeño real de cara a la ciudadanía. Desde su segundo gobierno hasta hoy, la izquierda ha arrastrado un severo déficit de gestión que se manifiesta en la crisis de implementación de reformas clave, en una desorientación doctrinaria para encarar el avance del crimen organizado y el control migratorio, y en un divorcio ideológico con una clase media que exige certezas de seguridad, empleo y mérito individual antes que promesas refundacionales o reformas que resienten el crecimiento económico.

El escenario nacional ha cambiado de manera sustancial. El Chile de hoy —atravesado por urgencias en seguridad ciudadana, un complejo panorama económico, una volatilidad electoral permanente y un electorado infinitamente más grande y diverso movilizado por el voto obligatorio— no responde a las mismas coordenadas del país que Bachelet gobernó. El tablero político ya no opera bajo la lógica de dos grandes bloques con alternancias predecibles, sino en un mapa fragmentado donde la apreciación afectiva del pasado no se traduce automáticamente en adhesión electoral en el presente.

Refugiarse en los liderazgos veteranos para sortear el presente termina siendo una anestesia temporal que posterga el debate de fondo: por qué la izquierda ha perdido sintonía con los sectores medios y con los dolores cotidianos de la ciudadanía. Mientras el sector insista en mirar el futuro a través del espejo retrovisor, seguirá aplazando la construcción de una propuesta política adaptada a los tiempos que corren y continuará alejándose de ser una alternativa gobernable para un país inmerso en la incertidumbre.