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Blog En panorámica

Editorial: Brandon Judd, el sheriff en el fin del mundo.

09/10/2026
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Cuando decimos que una persona es diplomática, nos referimos a que tiene una gran capacidad para comunicarse con tacto, prudencia y cortesía, especialmente en situaciones difíciles o conflictivas. ¿Por qué? Porque la diplomacia tradicional era aquella que se nutría de la discreción, el tacto y el respeto mutuo entre Estados soberanos. Sin embargo, en la era Trump este concepto parece estar obsoleto. El paso de Brandon Judd, embajador de Estados Unidos en Chile, se ha transformado en un verdadero manual de cómo ejercer la coerción desde una embajada, operando menos como un representante diplomático y más como un comisario político enviado a supervisar el cumplimiento de los mandatos de Washington.

Las intervenciones de Judd no han dejado margen para la ambigüedad. Ya sea dictando cátedra sobre el estallido social de 2019 —atribuyéndolo livianamente a conspiraciones de la izquierda internacional sin más prueba que supuestos reportes de inteligencia— o condicionando descaradamente el apoyo a la soberanía chilena en el Estrecho de Magallanes a cambio de subordinación comercial y geopolítica frente al proyecto Chile-China Express, el mensaje de fondo es siempre el mismo: la soberanía de Chile es negociable si Washington así lo requiere.

Este comportamiento encuentra su correlato perfecto en la adhesión de Chile al llamado "Escudo de las Américas", que la administración de José Antonio Kast ha aceptado, al parecer, sin leer la letra chica bajo una suerte de encerrona en Nueva York, impulsada por una presión tan intensa que dejó en evidencia la fragilidad estratégica del Ejecutivo. Presentar esta alianza como un simple acuerdo de cooperación policial y luego toparse con los amplios alcances económicos y de seguridad multilateral delineados por el Departamento de Estado de Marco Rubio demuestra una profunda desconexión con la realidad de la política mundial.

El embajador Judd actúa bajo la premisa de que los países latinoamericanos no son socios, sino subordinados que deben rendir cuentas y alinear sus prioridades internas y externas con los intereses de la superpotencia. Cuando un diplomático extranjero se permite poner precio a la integridad territorial de un país con dos siglos de vida republicana —ofreciendo "proteger" el Estrecho de Magallanes a cambio de cooperación—, la respuesta institucional no puede diluirse en eufemismos ni en aclaraciones a medias, tiene que ser inmediata, clara y directa.

Es tal la displicencia que el mismo embajador se permite sin empacho desconocer sus dichos sobre el estallido social e incluso ridiculizar la indignación criolla con frases como "Disfruto de una buena teleserie tal como cualquier persona, pero este drama está siendo tergiversado". Pero claro, esta práctica no debería sorprender a un Ejecutivo que ha hecho una costumbre desmentir cosas que ha declarado públicamente para isntalar temas, como aquello de "el país en quiebra" o negar el frio para subir la parafina.

La soberanía no se transa, pero el problema actual es que el costo de la inexperiencia política del Ejecutivo deja a Chile atrapado en una red de compromisos de la que es muy difícil salir sin temer represalias. El estilo de Judd nos recuerda que, para la diplomacia de la era Trump, los embajadores no están para tender puentes, sino para marcar el ritmo. Y mientras La Moneda siga confundiendo la sumisión con la alianza estratégica, seguiremos viendo al embajador comportándose como el sheriff del pueblo en la frontera.