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Blog En panorámica

Editorial: NO.

06/10/2026
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Para el plebiscito del año 88 yo no tenía edad para votar, pero si la absoluta conciencia de lo que estaba pasando en Chile. En esa época era difícil, incluso para los que vivían en el privilegio, abstraerse de lo que se estaba jugando ese día miércoles 5 de octubre. Crecí en un añoso barrio obrero y me tocó ver pasar las tanquetas durante el día, tanquetas que silenciosamente iban rodeando las poblaciones ubicadas a un par de kilómetros de mi casa.

Frente a este desfile de carros blindados y militares, mis vecinos recomendaban mantenerse encerrados y quemar cualquier cosa que oliera a resistencia, pensé un poco asustado en todas las chapitas y cosas relacionadas al no que había juntado durante esa época. En mi casa la tele estuvo prendida desde primera hora; mis papás se levantaron a votar, almorzamos con mis abuelos, pero nadie, absolutamente nadie, hizo mención de lo que estaba pasando, o probablemente se conversaba con esa discreción en clave que usamos los adultos cuando queremos comentar asuntos complejos sin preocupar a los peques.

Durante la tarde, el clima oscilaba entre el miedo y la esperanza silenciosa que se respiraba en las filas de votantes. Las largas aglomeraciones en los locales de votación reflejaban una participación masiva, mientras la televisión oficialista intentaba disimular la tensión emitiendo dibujos animados y series. En las calles y en los centros de cómputo paralelos se tejía otra realidad. Los rumores de un posible boicot o de un apagón informático —fantasmas muy reales tras los antecedentes de la noche anterior— mantenían los corazones en vilo.

Las primeras horas de conteo oficial fueron complejas. Cuando el subsecretario del Interior, Alberto Cardemil, entregó los primeros boletines parciales otorgándole una ventaja significativa al «Sí», el fantasma del fraude y la desesperanza recorrieron los comandos de la oposición. Parecía que la maquinaria del poder se impondría como una profecía autocumplida.

Pero la realidad ciudadana era incontrastable. El recuento paralelo del Comando del No, respaldado por una marea de apoderados de mesa valientes e incansables, comenzó a arrojar cifras que contradecían a La Moneda. Poco a poco, la verdad numérica abrió paso a lo inevitable: la alegría, esa misma que la franja televisiva había prometido con colores pasteles, globos y canciones esperanzadoras, comenzó a materializarse.

Cuando los datos oficiales ya no pudieron sostenerse de otra manera, la tendencia se dio vuelta. El 55,99% de los votos por el «No» frente al 44,01% por el «Sí» sellaron la derrota de la vía autocrática en su propio terreno institucional. Pinochet “corrió solo y salió segundo”, como se diría popularmente más tarde. Sin embargo, nada estaba dicho hasta que el régimen reconociera el triunfo del No.

Mientras tanto, en La Moneda la tensión rozaba el límite y se barajaba la opción de seguir retrasando los cómputos o desconocer la derrota. Con los años se sabría que nunca estuvo en los planes del dictador entregar el poder; fue el general Fernando Matthei, miembro de la Junta Militar y comandante en jefe de la Fuerza Aérea, quien rompió el hermetismo oficial al declarar ante la prensa que el «No» había ganado de forma irreversible. Aquel registro, emitido pasada la medianoche, desmoronó cualquier intento de resistencia autoritaria y selló de manera definitiva el respeto a la voluntad ciudadana.

Lecturas sobre el 5 de octubre pueden haber miles, pero lo que es claro es que el pueblo decidió perder el miedo, en un tiempo en que el que las ideas se pagaban con el cuerpo, en una época en que la libertad de opinar nos costaba la vida, gran parte de Chile dijo no más. No fue el final inmediato de todos los dolores, ni la solución mágica a las heridas abiertas, pero fue la rendija por donde por fin entró la luz. Fue el día en que los chilenos abrieron la puerta a la transición democrática, recordándonos que, incluso en las horas más oscuras, la dignidad ciudadana tiene la fuerza insondable de cambiar la historia.