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Editorial: Jorge Quiroz y la parafina.
Hay frases que definen una gestión, que marcan una época o que, lisa y llanamente, desnudan la profunda desconexión de una autoridad con la calle. La justificación entregada por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, para avalar el brutal golpe al bolsillo que significó el descongelamiento y la consecuente alza de la parafina —un salto histórico de casi 282 pesos por litro— entra de inmediato en esa categoría de desafortunados hitos tecnocráticos.
"Hoy día nadie consume parafina, porque a estas temperaturas la verdad es que el consumo es mínimo", dijo ayer el jefe de la billetera fiscal con la tranquilidad de quien analiza un gráfico estacional desde la comodidad de su oficina, ignorando olímpicamente el pulso de los hogares chilenos. Frase que sin duda nos hizo recordar la sabrosa colección de cuñas desafortunadas de los ministros de Piñera, esto previo al estallido social del 2019. Existen estudios muy serios sobre cómo eso fue forjando el ánimo de la ciudadanía preestallido social, que tal vez debería revisar el ministro.
La declaración no es solo una torpeza comunicacional; es un síntoma preocupante de cómo la ortodoxia económica a veces opera con una insensibilidad pasmosa. Bajo la lógica fría del secretario de Estado, si un producto registra una baja estacional en su demanda, se convierte automáticamente en el blanco perfecto para sincerar precios, aplicar ajustes o retirar subsidios, como si el costo de la vida flotara en un limbo matemático donde los efectos colaterales no existieran.
Pero vayamos al fondo del asunto. Primero, ¿es cierto que "nadie" consume parafina en octubre? Esa es una afirmación, al menos, centralista y desinformada. Chile es un país geográficamente extenso y diverso, donde las mañanas y noches frías se extienden mucho más allá del invierno en vastas zonas del sur, e incluso en los sectores periféricos de la Región Metropolitana. Basta con mirar las noticias recientes para saber que, desde la región del Maule al sur, las lluvias e inundaciones no dan tregua aún y el invierno está lejos de terminar. Pretender que las familias apagan sus estufas y congelan sus necesidades energéticas por decreto es un insulto a la inteligencia de los consumidores.
Segundo, y más grave aún, la parafina no es un bien suntuario ni un lujo de temporada; es, por antonomasia, el combustible de los sectores más vulnerables y de clase media para calefaccionar sus hogares cuando el presupuesto no da para electricidad ni gas licuado. Gobernar a base de promedios anuales o estacionales es un lujo que las familias de esfuerzo no se pueden permitir. Cuando se libera el precio de golpe con un incremento de más de $280 por litro, el daño estructural al ingreso familiar ya está hecho, independientemente de si estamos en primavera o en pleno julio.
Lo que revela la frase de Quiroz es una preocupante miopía política. En momentos en que la ciudadanía exige empatía, certezas y alivio frente a un costo de la vida que no da tregua, la respuesta desde el poder es la displicencia: "Como ya hace un poquito más de calor, total, que suba lo que tenga que subir". Es la clásica mirada que reduce a los ciudadanos a meras variables de ajuste fiscal.
La economía política no puede ni debe divorciarse de la realidad social. Los ministros pasan, los índices se recalculan, pero el golpe al bolsillo de quienes viven en vulnerabilidad económica queda grabado a fuego. Defender un tarifazo bajo el pretexto de que "nadie lo nota" porque es temporada baja no es solo un error técnico; es una falta de calle imperdonable. Y en política, cuando las autoridades pierden de vista la realidad de la gente, las consecuencias siempre terminan pesando mucho más que cualquier ajuste fiscal.

