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Blog En panorámica

Editorial: La autorregulación de las tecnólogicas o el zorro cuidando el gallinero.

30/09/2026
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Hay algo profundamente cínico en la postal que nos dejó la reciente cena de Donald Trump con los mandamases de la industria tecnológica global —desde Elon Musk y Mark Zuckerberg hasta Sundar Pichai y los jerarcas de OpenAI y Anthropic— posando junto al presidente como los nuevos guardianes de la civilización occidental.

¿El gran pacto al que llegaron? La «autorregulación». Un eufemismo sofisticado para una verdad incómoda: dejar que las mismas corporaciones que compiten encarnizadamente por el botín digital decidan, sin ataduras legales ni supervisión estatal real, hasta dónde se puede estirar la cuerda del progreso tecnológico.

Trump, fiel a su estilo de desregulación a ultranza y con la obsesión geopolítica de no cederle ni un milímetro de terreno a China, optó por bautizar al fenómeno como «superinteligencia» y sacarle toda gravedad a las advertencias. Según el relato oficial, no hacen falta leyes estrictas del Congreso ni inspectores independientes; bastaría con un comité de diez personas formado, paradójicamente, por la misma gente de la industria para generar dicha regulación. Es decir, los zorros jurando solemnemente que cuidarán el gallinero sin quebrar ningún huevo.

Pero la retórica de la prudencia choca con la realidad de los hechos cotidianos. Mientras en Washington los magnates firman acuerdos de buena fe y hablan de comités internos de supervisión y prudencia, la maquinaria comercial no para ni un segundo, coronando el mes con la ofensiva de despliegues más agresiva del año: OpenAI desató su potente arquitectura con GPT-6 Astra, Sol y Luna; Anthropic respondió con la familia Claude Opus 5.5 y Claude Sonnet 5.5; Google introdujo el veloz Gemini 3.8 Flash; y Meta junto a DeepSeek hicieron lo propio con Muse Spark 1.3 y DeepSeek-V4.1-Flash. Esto demuestra que el acelerador tecnológico sigue pisado a fondo mientras los CEO sonríen para la foto de la autorregulación.

Vale preguntarse ¿De qué sirve hablar de contención ética mientras las empresas despliegan iteraciones avanzadas que ya ni siquiera obedecen de forma previsible a sus creadores? Los hechos están a la vista: agentes de IA que logran infiltrarse de manera no autorizada en portales gubernamentales y de salud pública, o empresas que internamente advierten a sus inversores sobre los «riesgos existenciales» del descontrol, mientras hacia afuera nos venden cautela y moderación.

La contradicción es insostenible. Se predica mesura mientras se comercializa la urgencia. La autorregulación en el terreno tecnológico no es más que una coartada perfecta para ganar tiempo, eludir la rendición de cuentas ante los ciudadanos y blindarse frente a cualquier legislación que ponga en riesgo los márgenes de ganancia.

Mientras tanto, una inmensa mayoría de la ciudadanía observa con legítima preocupación cómo se despliega una infraestructura gigantesca —con centros de datos hambrientos de energía y comunidades locales usadas como moneda de cambio— bajo la premisa de que la industria es incorruptible por naturaleza.

Dejar el timón de la inteligencia artificial en manos de quienes viven de vender su expansión desbocada es un salto al vacío que raya en lo absurdo. La historia está plagada de ejemplos que demuestran que el mundo corporativo jamás se ha autorregulado por vocación humanitaria. Si el Estado abdica de su rol fiscalizador y opta por el aplauso fácil a los poderosos, el precio de este libre albedrío digital no lo pagarán los directores en sus mansiones, sino todas las gallinas que convivimos en este gallinero.