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Blog En panorámica

Editorial: El zarpe de un Puerto de Palos Digital.

04/08/2026
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Un día como hoy en 1492 zarpó del puerto de Palos Cristóbal Colón, con la clara intención de abrir una nueva ruta comercial entre Europa y Oriente. Si hoy pudiera tener un DeLorean como el que maneja Marty McFly en Volver al futuro, creo que sería la fecha que elegiría para volver en el tiempo e intentar detener un evento que traería serias y graves consecuencias para la humanidad. Obviamente, lo encontrado por Colón unos meses más tarde no fue Oriente, sino una tierra desconocida que lamentaría el suceso: en el siglo siguiente, entre un 70 % y un 80 % de la población nativa de este nuevo continente habría desaparecido principalmente producto de enfermedades traídas por los europeos, el pillaje o las guerras.

Por supuesto, pensar en una máquina del tiempo para tratar de cambiar el curso de la historia nos resulta hoy iluso, incluso infantil. Tenemos el conocimiento suficiente para saber que la necesidad de explorar y conquistar de la humanidad es infinita; por consecuencia, si no hubiera sido Colón y sus carabelas, probablemente hubiera sido otro y en el mismo periodo de tiempo.

Saber si los resultados para las comunidades locales hubieran sido distintos es imposible, pero observando el comportamiento colonial europeo en África podemos asumir que el color de la bandera no mejoró las cosas para los sometidos; incluso, en algunos casos, las empeoró.

Hago esta reflexión hoy, cuando se cumplen 534 años de este evento que cambió a la humanidad, mientras leo dos notas de prensa que parecieran no tener ninguna conexión, pero conversan entre ellas para enviarnos una severa advertencia desde el pasado hacia el futuro.

Por un lado, un titular nos cuenta que, tras un estudio científico a momias chilenas de la zona arqueológica en la Región de Arica y Parinacota, se confirma la llegada de la viruela a América tras la colonización; y, por otro lado, un titular me informa que la IA de Anthropic ha logrado ingresar de manera autónoma a internet y hackear a tres entidades, esto a menos de una semana de que OpenAI hiciera exactamente lo mismo.

Hemos abierto una puerta: la humanidad se está expandiendo nuevamente sin control y sin mediar consecuencias hacia un continente desconocido, pero esta vez es virtual. Un territorio sin mapas claros, donde los virus ya no viajan en bodegas de madera, sino en líneas de código, agentes autónomos y redes interconectadas que avanzan a una velocidad que supera nuestra capacidad de gobierno.

Al igual que en 1492, nos encontramos fascinados por la promesa de la ruta rápida, por el beneficio comercial inmediato y por el vértigo del hallazgo, ciegos ante las externalidades de un proceso que apenas comenzamos a vislumbrar. La viruela en el cuerpo social de la América precolombina fue la consecuencia imprevista de un choque de mundos sin inmunidad; el hackeo autónomo por parte de sistemas algorítmicos es la primera fiebre de un organismo digital que empieza a actuar fuera de la escala y del control de sus creadores. No necesitamos un DeLorean para darnos cuenta de que estamos cometiendo el mismo error histórico: presuponer que toda frontera descubierta debe ser conquistada de inmediato, sin pausar para preguntarnos quiénes habitarán las ruinas del descontrol.

La paradoja es que hoy, a diferencia de los navegantes del siglo XV, sí poseemos la conciencia y la memoria histórica del impacto que genera la expansión desmedida. La gran pregunta que nos deja este paralelo no es si seremos capaces de detener la navegación —porque la necesidad de explorar parece ser, en efecto, infinita—, sino si esta vez tendremos la madurez moral para establecer cortafuegos, éticas y salvaguardas antes de que el "nuevo continente" que estamos creando termine por colonizarnos y someternos, dejando consigo una nueva y accidental extinción masiva.