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Blog En panorámica

Editorial: Vicios privados, virtudes públicas.

23/07/2026
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Es raro ver a la política chilena con opiniones unánimes. Sin embargo, hoy, de izquierda a derecha —pasando por la Democracia Cristiana, el Frente Amplio, Evópoli, la UDI y el Partido Republicano—, la clase política encontró un enemigo común: la exministra vocera de Gobierno, Mara Sedini.

El motivo no fue una revelación de corrupción ni una negligencia administrativa. Su pecado capital fue romper el silencio en el programa Sin Filtros tras dos meses de su abrupta salida del gabinete de José Antonio Kast. Allí no solo acusó que en La Moneda la «amarraron de manos» y la obligaron a encarnar un personaje gris en el «gobierno de los fomes», sino que expuso al elefante en la habitación: la irrelevancia estructural a la que el Ejecutivo somete a su propia vocería. La nula importancia de un ministerio como la Segegob, que está en la mira y que para el Gobierno carece de valor estratégico y político.

Sin embargo, no es eso lo que quiero observar en esta oportunidad, sino la reacción transversal del mundo político ante este sinceramiento de la exministra. Camila Musante sentenció que «en política hay códigos» y criticó la falta de «pudor». Alejandra Krauss evocó la etiqueta del «estilo republicano» para recordar que «jamás se deben hacer declaraciones para enrostrar responsabilidades» al salir de un gobierno. Jorge Guzmán apuntó a una «falta de altura» y a un tono «farandulero», mientras que desde el oficialismo más duro la tildaron derechamente de «desleal».

Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿qué es exactamente lo que la política llama «respetar los códigos»?

En el lenguaje del poder, reclamar «códigos» suele venderse como una apelación a la prudencia, al decoro y a la lealtad institucional. Pero, en la práctica, insistir en guardarle el secreto al Estado funciona simplemente como una doctrina de la hipocresía obligatoria.

Exigir «códigos» en política no es más que validar la existencia de dos verdades paralelas: una privada, donde se reconocen las presiones, el ninguneo y los fracasos de gestión; y una pública, donde todo se maquilla bajo la fachada de la impecabilidad institucional.

Cuando Sedini revela que internamente se le exigía actuar y «responder fome», está abriendo la ventana a un diseño de poder que prefiere sacrificar el oficio comunicacional con tal de mantener el control del relato. Pero, para el mundo político, contarle al país que la vocería es tratada como un adorno no es un acto de transparencia, sino una traición corporativa.

El caso de la exvocera deja al desnudo el doble discurso con el que se juzga el decir la verdad. Cuando la política se llena la boca hablando de «autenticidad», suele referirse a una incorrección política inofensiva y de libreto. Pero cuando esa autenticidad toca la propia cocina del poder y describe cierta ingenuidad el verdadero funcionamiento del Ejecutivo, el sistema reacciona en jauría bajo el rótulo de la «deslealtad».

Se le podrá criticar a Mara Sedini la falta de autocrítica sobre su desempeño, el tono victimista o la conveniencia del timing televisivo. Esos son juicios sobre su efectividad y estrategia política. De hecho, en este programa fuimos duros críticos de su gestión, Pero acusarla de «falta de códigos» por desnudar la interna de su gobierno revela mucho más sobre los acusadores que sobre la acusada.

Lo que degrada la fe pública no es que una exministra cuente cómo se ningunea a una cartera desde la trastienda; lo que destruye la confianza es descubrir que la clase política considera el doble discurso como un deber republicano y la sinceridad como una falta de etiqueta.