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Editorial: La Bastilla como el tatarabuelo del clickbait.
La historia oficial de la Revolución Francesa suele vestirse con la solemnidad del mármol, los grandes principios ilustrados y la marcha triunfal de la razón. Sin embargo, si miramos lo que realmente sucedió el 14 de julio de 1789, descubriremos que la chispa que movilizó a las masas no provino de un debate de la Asamblea Nacional, sino del tubo de una letrina que el Marqués de Sade usó como megáfono.
Visto con ojos del siglo XXI, lo que ocurrió en la Bastilla no fue solo un motín carcelario. Fue, en rigor, el nacimiento de la primera campaña analógica de fake news de la era moderna.
París era entonces una gigantesca cámara de eco. El pueblo, hambriento y paranoico, consumía con avidez cualquier rumor sobre conspiraciones reales y tropas extranjeras listas para masacrarlos. El ambiente estaba crispado; el caldo de cultivo para el sesgo de confirmación era inmejorable. Solo hacía falta un emisor audaz que supiera pulsar el botón correcto del pánico colectivo.
Ese emisor fue el Marqués de Sade. Encerrado por orden real y desesperado por recuperar su libertad, el aristócrata libertino diseñó, con los recursos que tenía a mano, un discurso completamente viralizable. Tomó el embudo de sus evacuaciones sanitarias —que tenía en su celda para amplificar su voz— y, apuntando directamente al tráfico de la calle, lanzó el titular:
"¡Están degollando a los prisioneros! ¡Tienen que venir a salvarnos!"
Aquello era una mentira monumental, una noticia falsa de manual. No había ejecuciones dentro de la fortaleza que servía como cárcel para políticos y disidentes. Pero a la masa que hervía afuera no le importó verificar la fuente ni contrastar los datos. El grito de Sade encajaba con precisión en sus peores temores. Apelaba directamente a sus creencias, anulando el pensamiento crítico mediante la urgencia de una catáscrofe inminente. Esto se tradujo entonces en un pánico que corrió de boca en boca por todos los suburbios de París.
El alcaide de la Bastilla intentó callar al marqués enviándolo en secreto al manicomio de Charenton la noche del 4 de julio. Sade fue silenciado y expulsado, dejando atrás todas sus pertenencias. Con ello, sin embargo, solo dio cuerpo a su propia fake news: el marqués ya no estaba, el marqués había sido silenciado, el marqués había sido degollado.
El desenlace es de una ironía trágica. Diez días después, la marea humana, impulsada por la inercia de aquel primer pánico sembrado por Sade, asaltó la fortaleza.
Solemos creer que la posverdad y la manipulación de masas nacieron con el siglo XXI. Pero la lección de la Bastilla es mucho más inquietante: el diseño básico de la desinformación es tan antiguo como nuestra propia modernidad. Sade demostró, mucho antes de internet, que para derribar un régimen no se necesita la verdad, sino una ficción lo suficientemente ruidosa, lanzada en el canal adecuado y dirigida al miedo exacto de la gente. El embudo de la Bastilla no fue otra cosa que el tatarabuelo del clickbait.
Algo que en Chile se nos hace, cada día, más familiar.

