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Editorial: Día mundial del rock (41 años después de Live Aid)
Un día como hoy, en 1985, el rock detuvo el planeta. El Live Aid quedó registrado como la cumbre máxima de la era del rock, pero también como el precursor conceptual del streaming moderno al convertirse en la primera transmisión televisiva global, satelital y en vivo de gran escala, alcanzando a 1.900 millones de personas en 150 países simultáneamente. Hoy, cuatro décadas después, se celebra como el Día Mundial del Rock; una efeméride que recuerda a un mundo análogo y a una actitud que hoy es mirada con distancia y sospecha. La música rock sigue existiendo, por supuesto, pero los jóvenes rockeros, por rebeldes que parezcan, están a años luz de sus antecesores. El mundo cambió y, con él, las dinámicas del poder y la naturaleza misma de la rebeldía.
Cabe preguntarse: en un entorno dominado por el algoritmo, la inmediatez y la hiperconectividad, ¿qué fue de esa actitud rockera, intensa y transgresora?
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman nos advirtió que habitamos una "modernidad líquida", donde los vínculos, las instituciones y las identidades ya no son sólidas, sino volátiles; se diluyen antes de que alcancen a tomar forma. La música actual es un reflejo nítido de esta cultura líquida. Si el rock de antaño construía monumentos —obras conceptuales que exigían permanencia, rito y pertenencia—, hoy consumimos la música en un flujo constante, etéreo e intercambiable. Pasamos de un sencillo a otro en playlists diseñadas por un algoritmo que adivina nuestro estado de ánimo e incentiva nuestro consumo. El rock, que antes requería el compromiso de habitar el subterráneo húmedo, el fanzine y la disidencia física, hoy se disuelve en el catálogo infinito del streaming. La transgresión líquida no rompe estructuras; fluye a través de ellas sin dejar manchas. En la cultura de Bauman, la música ya no es un manifiesto de identidad a largo plazo, sino una banda sonora que dura tanto como su estampado en las coloridas camisetas distribuidas por las tiendas de fast fashion multinacionales.
Si la transgresión del pasado buscaba incomodar al sistema con una actitud profunda pero extrema, incluso autodestructiva y tóxica, hoy por el contrario todo se pasteuriza rápido: lo que antes tardaba años en convertirse en una moda comercializable, hoy pasa de la disidencia estética al trend de TikTok en quince segundos, convirtiendo la furia en mero entretenimiento de consumo rápido.
Celebrar el rock hoy no puede ser un ejercicio de nostalgia ciega ni de superioridad generacional. No se trata de exigirle a los jóvenes que vistan de cuero o que emulen los acordes del siglo pasado —eso también le pertenece hoy a la industria y le genera millones en retribuciones—. Se trata de rescatar la esencia de esa distorsión original: la incomodidad frente a lo establecido.
A diferencia de 1985, la verdadera actitud rockera actual es el sabotaje a la hiperconectividad. Desconectarse a propósito, sostener la mirada, habitar el aburrimiento creativo, defender el silencio o crear un arte que se niegue a ser digerido en formato vertical. Al fin y al cabo, el rock nunca fue solo un género musical; siempre fue una postura política ante la existencia. Y esa urgencia de resistencia, por fortuna, todavía no la puede programar ninguna inteligencia artificial.

