Blog En panorámica
Editorial: "Justicia Divina"
Existe una idea romántica que sostiene que el deporte es el último refugio de la meritocracia pura; una práctica donde las jerarquías se diluyen y son el trabajo, el esfuerzo y el talento los que rinden cuentas. Sin embargo, este Mundial de futbol nos acaba de recordar, de la manera más cruda y a la vez más poética posible, que el poder político padece de una insaciable adicción al control. Intentar meter la mano en el bolsillo de la FIFA —y que dicha federación lo permita— no es novedad, pero hacerlo a plena luz del día, llamando por teléfono para torcer un reglamento disciplinario, está mucho más allá de los descaros acostumbrados.
El problema de fondo quedó expuesto con una impudicia sin precedentes. Donald Trump, fiel a su estilo, decidió que las tarjetas rojas en el fútbol dependían de su criterio y no del arbitral, mucho menos del reglamento. Su intervención directa ante Gianni Infantino para forzar el "indulto" del delantero Folarin Balogun tras su expulsión frente a Bosnia no fue solo un capricho; fue un atropello a la autonomía del deporte y un insulto a todas las selecciones que compiten bajo las mismas reglas del juego. Obviamente, al ceder, la FIFA volvió a demostrar su alarmante maleabilidad ante los poderosos.
Pero el fútbol, afortunadamente, posee sus propios anticuerpos. El juego no entiende de presiones diplomáticas ni de favores políticos. Y el destino, que a veces tiene un sentido del humor exquisitamente justiciero, nos entregó un inapelable 4-1 de Bélgica sobre Estados Unidos. Un resultado que, de alguna manera, vino a restaurar el orden y a hacer justicia, ya que los Diablos Rojos no solo aplastaron a la selección estadounidense en la cancha; junto con ella, aplastaron también la fantasía de que el poder político puede moldear todo a su antojo.
El triunfo belga, probablemente sin buscarlo, trajo una pequeña sensación de justicia en rincones del mundo donde el imperialismo ha sembrado el dolor y la injusticia.
En un torneo donde los anfitriones pretendían dictar las reglas del juego dentro y fuera del estadio, el balón dictó su propia sentencia. Su derrota es el justo desenlace de un ridículo internacional. Nos devuelve la fe en que, al menos durante noventa minutos, el dinero, el poder y los presidentes tienen que sentarse a mirar el partido, mientras abajo, en la cancha, la justicia divina del fútbol sigue perteneciendo a los que saben tratar a la pelota.
