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Se metieron con el fandom equivocado: La lección del ARMY a la política tradicional
Durante décadas, se ha insistido en que el pop era una manifestación artística trivial, sistémica, básicamente el opio de la juventud conformista. Se nos repitió, como un mantra, que el rock de los setenta y noventa guardaba el monopolio de la rebeldía, mientras que los ritmos prefabricados y coreografiados del pop masivo no eran más que un anestésico diseñado para adormecer mentes. Hoy, a mediados de 2026, las calles de Santiago de Chile acaban de destrozar esa tesis con una demostración de poder que ya se quisiera cualquier partido político tradicional.
La reciente movilización del ARMY chileno —el disciplinado y colosal fandom de la banda surcoreana BTS—, tras la negativa del Instituto Nacional del Deporte a prestar el Estadio Nacional para sus conciertos de octubre, es mucho más que una pataleta de adolescentes por ver a sus ídolos. Es un fenómeno de presión civil organizada que resignifica la histórica y tensa relación entre la música, la masa y el poder político.
Es cierto que la música siempre ha hecho temblar al establishment, pero lo hacía desde otro lugar, generalmente desde la confrontación total. Ejemplos hay cientos, basta con recordar momentos emblemáticos: como en 1978 cuando la juventud punk británica gestó el movimiento Rock Against Racism al ritmo de los Clash para hundir electoralmente al partido político fascista National Front; en 1997, el rock argentino se fundió en un solo grito con las Madres de Plaza de Mayo; o en el año 2000, cuando Rage Against the Machine desató el caos a diez metros de la Convención Nacional Demócrata en Los Ángeles. La música y sus fans operando como un ariete, una fuerza de resistencia directa que buscaba agrietar el muro del Estado.
Pero lo que está ocurriendo hoy con el ARMY en Chile escapa a los moldes tradicionales. No estamos ante el rockero antisistema que insulta a la reina desde un barco en el Támesis, como lo hicieron los Sex Pistols. Estamos ante una nueva especie: la masa hiperorganizada, un "ejército pacífico" que opera con la precisión de una multinacional y la mística de una revolución.
Cuando el Gobierno chileno cerró las puertas del Estadio Nacional al montaje de BTS, argumentando razones técnicas y el cuidado de la cancha, no midió el calibre de la comunidad a la que estaba desairando. En menos de 72 horas, estas fanáticas y fanáticos pasaron de las pantallas de sus celulares a las calles. Organizaron protestas con un simbolismo implacable —instalando coronas de flores y lienzos de pasto sintético frente al estadio—, repletaron las redes sociales de la ministra del Deporte, Natalia Duco, con el desafiante lema "Se metieron con el fandom equivocado" además de recetas de comida coreana y marcharon por miles desde Plaza Baquedano hasta La Moneda.
Y aquí radica la gran lección para la política institucional, que suele mirar estos fenómenos con un paternalismo condescendiente y que sigue anclada a las lógicas políticas del siglo XX: ARMY no es un club de admiradores; es una estructura civil global con capacidad de despliegue inmediato. Es la misma comunidad que en la pandemia replicó una donación millonaria de BTS para el movimiento Black Lives Matter en apenas 24 horas, y la misma que en Chile ha levantado campañas solidarias exprés para financiar a Bomberos y ayudar a los damnificados de los megaincendios de Valparaíso y el Biobío. Tienen redes de traducción, equipos de logística, brigadas de finanzas y, sobre todo, una disciplina inquebrantable.
La política tradicional, cada vez más fragmentada y desconectada de la ciudadanía, debería observar este fenómeno con atención y un sano toque de temor. Mientras los partidos políticos sudan para convocar a un par de docenas de militantes a una asamblea, una banda de Corea del Sur logra que cinco mil jóvenes paralicen el centro de Santiago de forma pacífica, ordenada y con un objetivo común.
Las autoridades harían bien en buscar una salida intermedia para el concierto de octubre. Porque si algo nos ha enseñado la historia de la música, es que nunca es buena idea declarar la guerra a una generación que ha encontrado en sus canciones una bandera por la cual marchar.

