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Blog En panorámica

Editorial: El mercado del entretenimiento disfrazado de opinión.

05/06/2026
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La bochornosa trifulca pública entre el conductor Gonzalo Feito y el productor Sebastián “Cuchillo” Eyzaguirre —ambos periodistas—, que terminó con la abrupta salida del primero del programa Sin Filtros entre insultos de grueso calibre, acusaciones de deslealtad y disputas por proyectos de streaming rivales, no es un hecho aislado. Tampoco es, aunque lo parezca, un simple asunto de farándula de exintegrantes de Caiga Quien Caiga. Es, en realidad, el síntoma evidente de una enfermedad mucho más profunda que viene corroyendo a los medios de comunicación hace años: la degradación del periodismo reconvertido en un negocio de trincheras, personalismos y lucro egoísta.

Durante décadas, el ejercicio periodístico se entendió como un compromiso ético con la verdad, la fiscalización del poder y la entrega de elementos para el debate público. Hoy, bajo la influencia de ciertos liderazgos mercantilistas, ese propósito ha sido secuestrado por la tiranía del clic, el algoritmo y la búsqueda implacable de figuración personal. Lejos quedó la ambición de informar o de encender la pantalla con un golpe noticioso real; hoy se busca incendiar contenidos, polarizar audiencias y, sobre todo, monetizar el resentimiento con espectáculo.

Sin Filtros siempre se jactó de ser un espacio de debate político, una supuesta tribuna de la sociedad civil. Sin embargo, el reciente "terremoto" interno deja en evidencia lo que había detrás de la fachada: una trinchera comercial guiada por lógicas de propiedad, egos hipertrofiados y celos corporativos. Solo un show bien montado, el mercado del entretenimiento disfrazado de opinión.

Lo que de verdad evidencia esta disputa de egos es el preocupante perfil de un comunicador que hoy abunda en los medios: el periodista mercantilista. Un personaje que no responde a códigos éticos, sino a su propia marca personal. Su valor no se mide por el rigor de sus fuentes o la profundidad de sus análisis, sino por los puntos de rating, las reproducciones en YouTube o la capacidad de viralizar un insulto bien colocado. Para estos operadores de la comunicación, la política y la contingencia social son solo la escenografía; el verdadero fin es el beneficio económico propio y el aplauso ciego de una barra brava digital que consume el conflicto como si fuera un reality show.

Lo más grave de este fenómeno no es el destino laboral de sus protagonistas —que llevan años en este muy lucrativo negocio de la polémica sin contenido—, sino el daño colateral a la fe pública. Cuando el público observa que quienes dirigen el debate se insultan en privado con términos como "desleal" o "sapo de mierda" debido a disputas comerciales, se termina por confirmar la sospecha más amarga: que todo era una puesta en escena. Que la indignación al aire era prefabricada y que el debate país es solo un insumo transable en la bolsa del espectáculo.

El periodismo chileno necesita urgentemente recuperar su brújula. Urge trazar una línea clara entre el legítimo debate apasionado y el circo romano de baja estofa, diseñado para enriquecer a un par de nombres propios. Cuando la comunicación social se reduce a una guerra de egos hambrientos de figuración y dinero, el periodismo muere y lo que queda en su lugar es un mal show. Un espectáculo "sin filtros" del cual, lamentablemente, las audiencias terminan siendo los payasos involuntarios.