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Editorial: La crisis de las fuentes informativas.
El recién publicado Informe Nacional sobre Consumo de Noticias y Evaluación del Periodismo en Chile, desarrollado por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Feedback, nos entrega una radiografía incómoda pero urgente sobre cómo nos estamos comunicando. A primera vista, los datos parecen alentadores: un robusto 76,2% de los chilenos declara informarse de manera frecuente, y un 52,3% dice hacerlo todos los días. Sin embargo, al poner la lupa sobre esa cifra, lo que encontramos no es una ciudadanía activamente comprometida con los hechos, sino un ecosistema marcado por la pasividad, la desconfianza y el repliegue informativo.
El cambio más profundo y peligroso no radica en cuánto consumimos, sino en cómo lo hacemos. Por primera vez, el consumo pasivo o incidental supera al activo; es decir, las audiencias declaran que un 52,7% de su exposición a las noticias ocurre sin que medie una búsqueda deliberada, frente a apenas un 47,3% de consumo activo. Hoy, la ciudadanía tropieza con la información en sus redes sociales, masticada y sesgada por los algoritmos de plataformas digitales como Instagram o Facebook. En este escenario fragmentado, las fuentes no periodísticas, como políticos e influencers, han ganado un terreno alarmante, alcanzando niveles de consumo diarios y frecuentes superiores a gran parte de las marcas periodísticas profesionales analizadas en el país.
Las consecuencias de esta mutación digital son severas para la salud democrática. El informe revela que el ecosistema informativo chileno apenas aprueba con una nota promedio de 3,6 en una escala de 1 a 7. La desconfianza es estructural: solo 3 de cada 10 personas manifiestan confianza en las noticias o consideran que los medios son precisos y creíbles. En contraste, un preocupante 60% de las audiencias considera que los medios son sesgados y el 50% los tilda de injustos. Esta desconfianza generalizada alimenta un círculo vicioso: ante la sospecha de sesgo o la fatiga por la proliferación de noticias falsas —que un 54,8% califica como algo muy común en el entorno nacional—, la población recurre a lo que le resulta cómodo. Es decir, se refugia en un consumo alineado con sus propias creencias, ya que, según el estudio, las personas tienden a consumir con mayor frecuencia aquellos medios que perciben como ideológicamente cercanos a su propia posición política.
Informarse de manera pasiva significa ceder el control de nuestro criterio a un algoritmo diseñado para retener nuestra atención, no para educar nuestra conciencia. Cuando el dato verificado y editado bajo estándares profesionales pesa lo mismo que la opinión viral de un creador de contenido, la verdad se diluye. La baja en el consumo deliberado y el repliegue hacia las redes sociales —donde el 83,9% de los encuestados reconoce haber evitado noticias de forma intencional en alguna ocasión— nos está convirtiendo en una sociedad de reacciones inmediatas pero de entendimientos superficiales. Si dejamos que la desinformación y el desinterés sigan erosionando la credibilidad periodística, terminaremos atrapados en burbujas ideológicas inconexas, incapaces de construir el consenso mínimo que toda democracia necesita para sobrevivir.

