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Editorial: Cuando el suelo tiembla, siempre es útil invitar a todos a mirar hacia el cielo.
La reciente desclasificación por parte del Pentágono de archivos sobre Fenómenos Anómalos No Identificados, pareciera responder a una vieja máxima de la política: cuando el suelo tiembla, siempre es útil invitar a todos a mirar hacia el cielo. Pues cuando de ovnis se trata, no hablamos de un interés menor o marginal; la magnitud del fenómeno quedó en evidencia cuando el sitio web oficial habilitado por el Departamento de Defensa norteamericano anotó la asombrosa cifra de 340 millones de visitas en tan solo 12 horas. Este masivo interés global de investigadores ufológicos y curiosos demuestra cómo el misterio se convierte en el imán perfecto para capturar la atención del planeta.
Sin embargo, no deja de ser una ironía que, en el preciso instante en que el aparato militar estadounidense concita este nivel de atención liberando cientos de fotos y videos en blanco y negro que en realidad podrían ser cualquier cosa, la política exterior de la Casa Blanca ejecute movimientos de altísima tensión en el tablero de la geopolítica real. Mientras la opinión pública se sumerge en el análisis de lo inexplicable, la verdadera proyección de la fuerza estadounidense emerge de manera silenciosa en Gibraltar con la llegada del submarino nuclear USS Alaska: un recordatorio material, contundente y sin ambigüedades de la presencia naval y el poder de fuego de Washington en los puntos de fricción del globo.
Este despliegue silencioso cobra sentido al escuchar la retórica de Donald Trump, quien vuelve a la carga con sus amenazas apocalípticas sobre Medio Oriente al lanzar un ultimátum inapelable a Teherán: "Para Irán, el reloj avanza, y más les vale ponerse en marcha ¡rápido!, o no quedará nada de ellos. ¡El tiempo es esencial!". Todo esto si no acceden a capitular y entregar sus reservas de uranio enriquecido, limitar drásticamente su programa nuclear y desmantelar todas sus instalaciones.
Sin embargo, la verdadera dimensión de esta estrategia se comprende al observar el reciente encuentro bilateral en Pekín entre Donald Trump y Xi Jinping. Es allí, donde se define el verdadero eje del siglo XXI, donde se da una tregua calculada entre ambas potencias: acuerdos bilaterales de comercio y garantías explícitas de no intervención en reclamaciones territoriales. Con ello, el gigante asiático retira objetivamente su mirada del estrecho de Ormuz.
Es en este punto donde el hilo conductor de los fenómenos ufológicos amarra la escena completa. Mientras gran parte de la humanidad mira el firmamento, cada día más convencida de que el contacto con la vida extraterrestre es inminente —una idea que resulta escalofriante a la luz de una posible invasión hostil—, acá en la Tierra son los propios terrícolas quienes amenazan con la invasión y el exterminio de una civilización considerada como una de las más antiguas del mundo. Una cultura cuyo gran pecado de origen fue haber descubierto en el siglo XX, después de diez mil años de historia, que bajo sus pies no solo había arena, sino grandes ríos subterráneos de oro negro.

