Skip to main content

Blog En panorámica

Editorial: El que grita más fuerte.

09/04/2026
Comparte

El paso de la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, por la Universidad Austral de Chile —lugar donde permaneció tres horas bajo asedio y terminó huyendo en una evacuación forzada— no debe leerse únicamente como una falla en los protocolos de seguridad. Lo que vimos en Valdivia fue algo mucho más grave: El fin del diálogo como herramienta de entendimiento social en el corazón mismo de donde este debería ser sagrado.

La universidad ha sido históricamente el refugio de la razón pública. Es el espacio donde las diferencias se discuten con argumentos, donde el "otro" es un interlocutor válido y donde la fuerza de las ideas debe prevalecer sobre la imposición de los argumentos. Sin embargo, lo ocurrido nos muestra una inversión perversa de estos valores. Cuando un grupo de manifestantes decide que el encierro y el hostigamiento son métodos legítimos para "hacerse escuchar", lo que están haciendo, en realidad, es anular la escucha.

El rector Montecinos dijo a radio Biobio “Nunca estuvo en nuestra intención llamar a Carabineros porque queríamos resolver esto dialogando. Y así fue planteado y acordado con los estudiantes. Lamentablemente, ese acuerdo no se respetó”. Aunque razonable el argumento resulta paradójico, pues no puede existir diálogo bajo coacción. El intercambio de ideas requiere, como condición mínima, la libertad de movimiento y la integridad física. Al permitir que una autoridad del Estado fuera retenida bajo la promesa de una "conversación" que nunca fue simétrica, la institución en su intento por acercar posiciones lamentablemente erró el camino.

Mas allá del hecho noticioso o de la argumentación política, este fenómeno es el reflejo de una sociedad que parece haber perdido capacidad del lenguaje para resolver conflictos. En este escenario, el "entendimiento social" deja de ser una búsqueda común para convertirse en una imposición del que grita más fuerte.

El fin del diálogo no es solo un problema de orden; es el principio de todos los autoritarismos. Si no somos capaces de rescatar la palabra como el único puente posible para el entendimiento, lo que nos queda es el enfrentamiento y finalmente el fin de la democracia.