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Editorial: ¿se enojará dios si cambiamos el pescado por unos tallarines con pesto?
Hoy pasé temprano por Caleta Portales. En esta fría y brumosa mañana, me llamó la atención ver una larga fila de autos esperando poder entrar al recinto. Un lugar completamente vivo y funcionando a las 7:30 de la mañana me resultó extraño, pero rápidamente recordé que es la víspera de Semana Santa. La verdad, no sé si la gente sigue conservando su tradición cristiana y guardó la cuaresma, o tendrá un fin de semana para la reflexión espiritual, o entiende al menos por qué come pescado y no carne en estos días; lo que sí sé es que, siempre que veo este fenómeno, como un deja vú vuelvo a la misma reflexión.
Chile posee una de las costas más extensas y productivas del mundo; sin embargo, nuestra relación con el mar parece estar regida por el calendario más que por el hábito. Los datos más recientes arrojan una realidad inquietante: el consumo de productos marinos en el país es apenas discreto durante el año —con promedios de 3,6 veces al mes para pescados y 2,3 para mariscos—, para luego explotar en un frenesí estacional que concentra el 30% del consumo anual en una sola semana.
Las cifras actuales no mienten y duelen al bolsillo. Ver la reineta en el mejor de los casos va a saltar de $5.000 a $8.000 por kilo y la merluza incrementará su costo en un 50% en las ferias libres. Este año esto no es sólo un fenómeno de oferta y demanda; es el síntoma de una logística estresada por el combustible y una cultura de consumo ineficiente. Si bien El 90% de los chilenos prefiere comer estos productos en casa, esa preferencia hoy se encuentra con una barrera económica que obliga a muchos a replantearse el menú.
La reflexión para este año debe ser profunda. Mantener una tradición es valioso, pero hacerlo a costa de un sobreprecio que castiga el presupuesto familiar invita a la duda. ¿Tiene sentido sumarse a la masa de compradores cuando el mercado está en su punto más agresivo en años? Quizás la verdadera forma de honrar nuestro mar no sea participando en esta fiebre de abril, sino integrando estos alimentos de forma sostenida el resto del año, cuando el precio es justo y la calidad es la misma.
Ante este escenario de precios históricos y una demanda que asfixia el mercado, cabe hacerse la pregunta definitiva: con el kilo de pescado subiendo más de un 50% y la economía doméstica bajo presión, ¿vale realmente la pena seguir el rito de consumir productos del mar precisamente ahora, o ha llegado el momento de castigar la especulación y mover nuestra tradición hacia semanas donde el bolsillo —y el mar— nos den un respiro? O ¿se enojará dios si cambiamos el pescado por unos tallarines con pesto? Como están las cosas al menos da para pensarlo.

