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Blog En panorámica

Editorial: "Si el Estado no es capaz de ofrecer un proyecto de vida más atractivo, seguiremos contando salas vacías y celdas llenas"

30/03/2026
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La tragedia que hoy enluta a Calama, protagonizada por un adolescente cuya vida se cruzó fatalmente con la violencia criminal, no es un evento fortuito ni un error estadístico. Es el síntoma terminal de un sistema educativo que ha sido abandonado a su suerte y que no encuentra un rumbo definitivo. El caso del joven victimario en la capital minera deja al descubierto una verdad incómoda: el Estado chileno ha perdido el control de las aulas.

Las medidas impulsadas hasta hoy para frenar la violencia en los establecimientos educacionales han demostrado ser, en el mejor de los casos, insuficientes y, en el peor, meramente cosméticas. La implementación de leyes como "Aula Segura" ha operado bajo la lógica del descarte. Expulsar a un estudiante con conductas violentas sin un programa de intervención real no es solucionar un problema; es externalizarlo a la calle.

Por otro lado, la estrategia "A convivir se aprende" y otros programas de salud mental ministerial parecen diseñados para una abstracción de la realidad. Mientras en el ministerio se redactan manuales de convivencia, en los liceos los docentes enfrentan amenazas de muerte y los alumnos conviven con el trauma de la violencia normalizada. La burocratización de la disciplina escolar ha maniatado a las comunidades educativas, reemplazando la formación del carácter y el apoyo psicosocial por un check-list administrativo.

Hoy, cuando Calama nos obliga a tener una reflexión profunda y seria sobre cómo se construye e hilvana el tejido social —proceso que, si bien no comienza ni termina en la sala de clases, es allí donde mejor se refleja—, la reacción de nuestras autoridades es anunciar medidas de seguridad física. Priorizar detectores de metales y revisión de mochilas para buscar armas, en lugar de abordar el origen del problema o intentar sanar la fractura social, en un error de diagnóstico evidente.

Resulta paradójico —y éticamente cuestionable— que la ciudad que sostiene gran parte de la economía nacional haya sido el escenario de tan lamentable suceso. La falta de inversión en duplas psicosociales permanentes, la infraestructura escolar degradada y la ausencia de una inteligencia policial que proteja los perímetros educativos son fallas permanentes y sobre diagnosticadas. Sucesivos gobiernos —y este no parece querer algo distinto— han reaccionado tarde y con timidez, priorizando el efectismo sobre la profundidad de una reforma que devuelva la autoridad al aula y la esperanza a estudiantes, profesores y finalmente a la familia chilena.

El caso de Calama debe ser el punto de inflexión. No basta con lamentar la pérdida de vidas o la precocidad del delito. Se requiere una intervención estructural que entienda el valor de la educación y la convivencia social. Si el Estado no es capaz de ofrecer un proyecto de vida más atractivo, seguiremos contando salas vacías y celdas llenas.