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Editorial: En este nuevo día mundial del clima, Chile pierde certezas y gana incertidumbres.
Hoy, según el calendario de efemérides de la ONU, es el Día Mundial del Clima, fecha establecida en 1992 con el fin de crear conciencia sobre la importancia de la variación climática y sus efectos, así como sensibilizar sobre el impacto humano en el calentamiento global, promover acciones sostenibles y proteger el medio ambiente.
Treinta y cuatro años más tarde, la crisis climática dejó de ser una advertencia científica para convertirse en nuestra realidad cotidiana. Los organismos internacionales ya no hablan de proyecciones futuras, sino de registros históricos en tiempo real. Los datos de 2024 y 2025 confirmaron que la temperatura media global del planeta ha superado transitoriamente el límite de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, y los últimos diez años han sido los más cálidos registrados en la historia de la humanidad.
En este contexto, Chile es considerado uno de los países más vulnerables del mundo. Según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, existen nueve criterios de vulnerabilidad y nuestro país presenta siete de ellos. Ante dicha realidad, y gracias a la acción decidida de sucesivos gobiernos, el Estado de Chile se ha posicionado internacionalmente como un líder verde, un referente mundial en energías renovables y un defensor del Acuerdo de Escazú.
Hasta ayer, parecía que los chilenos habíamos acordado que la protección medioambiental debía ser una política blindada y coherente frente a las necesidades del territorio; que la respuesta ante el cambio climático no era solo un discurso, sino una estructura legal y económica en pleno despliegue. En este sentido, hasta marzo de este año, nuestro país se movía en tres frentes: la descarbonización acelerada, la implementación de la Ley Marco y la activación de mercados de carbono.
El retiro de los 42 decretos medioambientales desde la Contraloría General de la República, bajo el argumento de "ajustes técnicos" o "mejoras en la redacción", no es solo una acción administrativa, sino un cambio de enfoque y, tal vez, de paradigma frente a la emergencia.
El Día Mundial del Clima no puede ser solo una efeméride de buenas intenciones, sino un recordatorio de que la naturaleza no espera resoluciones administrativas. La vulnerabilidad de Chile nos obliga a entender que cada decreto postergado y cada trámite enredado es tiempo que le restamos a nuestra propia supervivencia.

