Blog En panorámica
Editorial: A seis años del inicio de la pandemia en Chile.
El lunes 16 de marzo de 2020, el gobierno de Sebastián Piñera ordenó la suspensión de clases en todos los colegios del país. Solo dos días después, se decretó el Estado de Excepción: el COVID-19 se había desatado en Chile.
En los meses venideros descubrimos nuestra vulnerabilidad. El sistema que creíamos infalible se mostró tan frágil como un castillo de naipes. Luego conocimos el distanciamiento social, los toques de queda, las cuarentenas, los cordones sanitarios, el uso obligatorio de mascarillas, los pases de movilidad, la trazabilidad y el testeo. Junto a todo ello, nos habitaron la incertidumbre y, al final del día, el miedo.
Pasamos meses añorando el contacto físico. Prometimos que, al salir, valoraríamos cada encuentro; que viviríamos "a concho" y que dejaríamos atrás lo superficial. Dos años más tarde, el fin de la emergencia parecía una epifanía colectiva que nos había vuelto mejores seres humanos: poseedores de una empatía infinita y dispuestos a construir un mundo mejor, lejos de los errores del pasado.
Sin embargo, hoy la "normalidad" se siente como una alfombra pesada bajo la cual hemos barrido nuestras carencias sociales. El olvido nos devuelve a una desconexión paradójica: estamos físicamente presentes, pero mentalmente ausentes. Vivimos refugiados en pantallas que ayer fueron nuestro salvavidas y hoy son nuestro escondite; una suerte de mecanismo de defensa colectivo que nos impulsa a ignorar lo que aprendimos cuando el miedo era nuestro único vecino.
Hoy tardamos en reaccionar al dolor del otro, como si el exceso de información hubiera anestesiado nuestra capacidad de asombro. Buscamos extirpar la inseguridad de nuestras vidas a toda costa, aunque en el camino olvidemos nuestra propia humanidad; es decir: la consciencia, la empatía, la resiliencia y la búsqueda de un propósito.
Según la sociología, el olvido es necesario para la supervivencia tras una catástrofe. Si recordáramos cada minuto del confinamiento, el peso de la cotidianidad sería insoportable. Pero esta amnesia social es una trampa cómoda: nos permite vivir sin el peso de la angustia, pero también nos priva de la sabiduría de la cicatriz.
Seis años después, el reto no es recordar el encierro para sufrir, sino recordarlo para no retroceder. Si olvidamos que fuimos capaces de ser mejores cuando todo estaba mal, difícilmente lo seremos ahora que todo parece haber vuelto a su sitio.
