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Editorial: Una batalla tras otra o tener la valentía de mirar de frente el abismo.
«Escribí esta película para mis hijos, para pedirles disculpas por el desorden que dejamos en este mundo que les estamos entregando. Pero también con la esperanza de que sean la generación que, con algo de suerte, nos devuelva el sentido común y la decencia», afirmó Paul Thomas Anderson en su discurso de agradecimiento tras alzarse con los Oscar a Mejor Director y Mejor Película por su obra Una batalla tras otra.
Las cinco estatuillas conseguidas anoche —entre las que también destacan Mejor Guion Adaptado, Casting y Actor de Reparto, premio obtenido por un magistral Sean Penn sobre quien cabría escribir un editorial aparte— hicieron justicia a la carrera de un cineasta que, pese a sus once nominaciones previas, no había logrado el máximo reconocimiento de la Academia.
Basada en la novela Vineland de Thomas Pynchon, la cinta narra la historia de Zoyd Wheeler (interpretado por Leonardo DiCaprio), un ex-hippie totalmente disociado del presente que vive en los márgenes de la sociedad, subsistiendo gracias a un cheque por «incapacidad mental» y al anclaje emocional que le proporciona el amor incondicional por su única hija. Su precaria paz se rompe cuando el pasado lo alcanza: el siniestro y obsesivo agente federal Brock Vond lanza una operación masiva para erradicar los últimos vestigios de la contracultura.
Lo más inquietante de Una batalla tras otra es que propone una distopía en tiempo real, construida con elementos de un presente que no necesita ser ficcionado ni imaginado. Centros de detención de migrantes, allanamientos policiales y cárceles al filo de la ley conviven con la polarización y el control digital que dominan la agenda global. El endurecimiento de la vigilancia gubernamental sobre datos privados y la crisis de desinformación generada por la inteligencia artificial —que ha erosionado la confianza en la verdad pública— transforman la «paranoia» de Anderson en una crónica de nuestra vida cotidiana.
Si bien una distopía es, por definición, la representación ficticia de una sociedad futura indeseable, los cinco Oscar de anoche parecen premiar la valentía de mirar de frente al abismo. Anderson nos pide disculpas, sí, pero también nos encomienda una tarea: rescatar el sentido común antes de que la realidad supere definitivamente a la ficción.

