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Editorial: “lo que pasa, es que se acabó el mundo, pero inmediatamente comenzó un mundo exactamente igual” por: Eduardo Drouillas
En el capítulo 18 de 31 Minutos el profeta Isaías anuncia la inminente e inexplicable llegada del fin del mundo. Hay pánico general mientras todos se dedican a cumplir sus últimos deseos. Al final del episodio –perdonen el spoiler- tras una aterradora cuenta regresiva, no sucede nada y Tulio Triviño y Juan Carlos Bodoque cuestionan enfurecidos la credibilidad del profeta, quien explica que “lo que pasa, es que se acabó el mundo, pero inmediatamente comenzó un mundo exactamente igual”.
Desde ayer estamos presenciando la instalación de lo que el nuevo presidente ha llamado “el gobierno de emergencia”. Sus adherentes celebraron felices en la plaza de la Constitución el cambio de signo político y el nuevo gobernante, desde el balcón del palacio de gobierno -el cual hoy es también su residencia- le decía al pueblo: “Un gobierno de emergencia no es un eslogan. Es orden donde hay caos. Es alivio donde hay dolor. Es mano firme donde hay impunidad. Y es esperanza real, concreta y posible para quienes han sido ignorados por mucho tiempo”. Luego citó a Diego Portales: “Un país no puede gobernarse solo con ideas. Tiene que gobernarse con carácter y el carácter no es arbitrariedad. El carácter es estar dispuesto a hacer lo que hay que hacer aunque sea incómodo, aunque sea impopular, aunque cueste”.
El mayor peligro de un nuevo ciclo es la tentación del "punto cero". Esa ambición mesiánica de creer que la historia comienza con la nueva firma presidencial, pues esa es la receta más rápida para el retroceso y bien lo saben quienes hace tan solo horas dejaron el poder.
Si bien el nuevo gobierno no solo tiene el derecho, sino también la obligación de realizar los cambios comprometidos con el electorado, debe entender que en Chile no se gobierna por decreto, que los tres poderes del Estado están bien establecidos y es la fluida conversación entre ellos lo que garantiza el andar democrático. En este sentido, lo que no debe cambiar es el respeto sagrado por la institucionalidad, la independencia de los poderes y la estabilidad de las reglas del juego.
Al final del día, gobernar es un ejercicio de equilibrio. El nuevo gobierno tendrá éxito no por la fuerza con la que golpee la mesa para romper lo anterior, sino por su capacidad de construir grandes acuerdos sobre los cimientos que ya existen. Al final, la madurez de nuestra democracia se medirá en nuestra habilidad para abrazar las reformas sin destruir la estabilidad social.