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Editorial: Día de mudanzas en La Moneda. Por: Eduardo Drouillas
Hoy es un día de mudanzas en La Moneda y, de alguna forma, también en el imaginario colectivo de nuestro país. Este 11 de marzo no solo será un cambio de mando administrativo; sino también el cierre de un capítulo que comenzó a escribirse mucho antes del 2021.
Mañana se despide Gabriel Boric Font, el hombre que llegó al poder con 36 años y sin corbata, rompiendo todos los récords de juventud en la historia republicana de Chile y con él se despide una generación. Una generación de dirigentes que no nació en los salones de los partidos tradicionales, sino en las asambleas de enseñanza secundaria, en la refundación de federaciones estudiantiles y en el fragor de las calles desde el año 2011.
Los vimos pasar de la mochila al traje, del megáfono a la cadena nacional. Su gobierno fue un intento —a ratos épico, a ratos dolorosamente pragmático— de traducir los sueños de una juventud movilizada en políticas de Estado. Logros como las 40 horas, el aumento histórico del salario mínimo o el Copago Cero en salud quedan como huellas de un sello que buscó, ante todo, la justicia social.
Sin embargo, el balance de este ciclo no está exento de sombras y de una sensación de promesa incumplida. Tal vez el principal fracaso de la administración de Boric radica en la distancia entre las grandes expectativas de transformación estructural y la escasa capacidad real de implementarlas, esto evidenciado en la derrota de los dos procesos constitucionales que el gobierno respaldó y que buscaban sepultar la herencia institucional de la dictadura. A esto se suma la dificultad para gestionar la crisis de seguridad pública y el control migratorio en el norte del país, áreas donde el gobierno tuvo que abandonar su agenda original y recurrir a las mismas medidas de excepción que antes criticaba. La incapacidad de poner fin al CAE, concretar una reforma tributaria o una profunda reforma de pensiones dejó la sensación de un proyecto político que, aunque habitó el poder, se vio cercado por la fragmentación legislativa y por una realidad social que priorizó el orden por sobre los cambios que esa generación soñó en las calles.
El balance que queda hoy es el de un gobierno que tuvo que aprender, a golpe de realidad, que las fronteras del poder son mucho más rígidas que las de las consignas estudiantiles. Entre el anhelo de transformación y la complejidad de la gestión, la administración Boric nos deja un país que todavía busca su equilibrio entre la seguridad, el crecimiento y la dignidad.
Hoy, en este día de mudanzas en la Moneda, mientras el palacio de gobierno se prepara para recibir un nuevo presidente, nos queda la pregunta ¿Qué quedara de esa rebeldía secundaria y juvenil que hace cuatro años se veía como un valor intrínseco, en la institucionalidad que heredamos? Si pudiera pedir algo, tal vez sería que al fin triunfe la idea de que este país no está dividido entre buenos y malos, como parecen sugerir siempre, sin importar la edad o el signo político, quienes llegan a ocupar la casa de gobierno.