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Blog Café negro

Editorial: A Patricio Guzmán

22/09/2026
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Aún lo recuerdo. Ahí estaba el, solitario, parado en la escalinata del Teatro Municipal de Viña, mirando en silencio hacia la plaza. Yo no había visto aún la “Batalla de Chile”, pero tenía plena conciencia quien era, gracias a una extensa entrevista de revista Primer Plano que leí y releí, en mi obsesión por desentrañar aquel momento creativo llamado “Nuevo Cine Chileno”.

Quería ver y entender ese momento histórico demonizado durante buena parte de mi vida, los años de la Unidad Popular a través de sus propios documentos de época y no bajo el prisma mediatizado del poder del momento. 

Era 1991 ó 1992, los primeros tiempos del retorno de la democracia y entonces el Festival Internacional de Cine de Viña del Mar, estaba enfocado a traer de vuelta a aquellas películas realizadas en el país antes del Golpe de Estado, así como el exilio.

Y ahí lo tenía frente a mi. Era él. Patricio Guzmán en persona, de vuelta en la patria. Lo miré en silencio. Como estudiante de periodismo, quería ir y conversarle, preguntarle, preguntarle como ese afán arqueológico que siento ante un grande de la cultura nacional, para poder armar un mapa de un Chile roto del que siempre he buscado su sentido en su historia.

Fueron muchos minutos. Entonces pocos sabían quien era. “La Batalla de Chile” no se asociaba a ese hombre que observaba a otro país, que se creía líder de un modelo económico que lo hacía mirar con desprecio a sus vecinos. Ahí estaba Patricio Guzmán. Y no me atreví a abordarlo para no quebrar su contemplación.

Entonces se conmemoraban los 500 años de la llegada del conquistador español, de la subyugación de los pueblos originarios de lo que se conocería como América a través de la espada, el cañón y las epidemias. Pero sobre todo de la imposición de una religión ajena y disruptiva que derrumbó cosmovisiones milenarias.

Guzmán venía a presentar su documental más reciente, “La Cruz del Sur”, en donde mostraba con una poética asombrosa el mundo espiritual de las grandes civilizaciones americanas, el choque con el invasor, la imposición del catolicismo, el sincretismo entre las visiones originarias y la impuesta, y finalmente la irrupción de la llamada “Teología de la Liberación”.

Guzmán no narraba desde lo obvio, no seguía la huella tradicional del documental como una sumatoria de cabezas hablantes que construyen una historia, sino que a través de una narración de un gran lirismo visual y sonoro, constituía un gran fresco de partes entrelazadas como un sistema mayor y complejo. Su arte había llegado a ese punto que llamamos madurez.

El impacto en aquel estreno fue total y el teatro se rindió ante la obra de Guzmán, a tal nivel que nunca se borrará ese momento de mis recuerdos. Luego vendrían los grandes lienzos de la memoria como “Nostalgia de la luz”, “El botón de nácar” o “La cordillera de los sueños”, como sofisticados razonamientos sobre la violencia política y desprecio por los derechos humanos. 

Así su mirada erigió estos grandes faros de la memoria que perdurarán en el tiempo, recordándonos lo que nunca deberá repetirse, por más silencio que impongan desde la camarilla que gobierna esta república aún joven, aún viva, aún recordante, pese a la ignorancia y cobardía de quien esconde en su omisión la vergüenza de negar una historia ya juzgada por toda la humanidad.

René Cevasco