Desde los inicios de la República, el cambio de mando presidencial ha sido una de las ceremonias más significativas de la vida política chilena. Más que un acto protocolar, representa la continuidad del poder, la estabilidad institucional y, sobre todo, el rol central del Congreso Nacional como depositario de la soberanía
En la década de 1820, Chile atravesaba un periodo de incertidumbre constitucional y política, pero al mismo tiempo definía instituciones clave para su desarrollo futuro. Entre ellas, la Presidencia de la República.
En 1826, durante una sesión del Congreso Nacional, se adoptó formalmente la figura de la Presidencia, dejando atrás la etapa del Director Supremo. Ese mismo año asumió Manuel Blanco Encalada, convirtiéndose en el primer mandatario bajo esta nueva institucionalidad.
Junto con la creación del cargo, se estableció el ceremonial de investidura y el juramento presidencial ante el Congreso. Desde entonces, el traspaso de mando quedó íntimamente ligado al Poder Legislativo, reforzando la idea republicana de que es la nación, representada en el Congreso, la que otorga legitimidad al Presidente.
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