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Crítica musical

“It’s Never Over, Jeff Buckley” (2025)

17/08/2026
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A propósito del estreno en HBO Max del documental “It’s Never Over, Jeff Buckley” (2025) firmado por Amy Berg, resulta imposible no abordar el texto audiovisual con la sospecha analítica que merece cualquier incursión póstuma en el archivo de un mito. 

Buckley pertenece a esa casta de mártires de la música popular —junto a Ian Curtis, Nick Drake o Elliott Smith— cuya brevedad discográfica terminó por fosilizar su figura en una épica del sufrimiento. Un único LP editado en vida (Grace, 1994), una voz prodigiosa de cuatro octavas que desafiaba la física del falsetto, y un cuerpo encontrado a orillas del Wolf River en Memphis, un atardecer de mayo de 1997, dan cuerpo a una biopic, que así como “The Rise of the Red Hot Chili Peppers: Our Brother, Hillel” también viene a completar la historia de la generación X.

El trabajo de Berg, respaldado por la producción de Brad Pitt construye su narrativa basado en los testimonios profundos de su madre (Mary Guibert), sus exparejas y colaboradoras (Joan Wasser y Rebecca Moore) y compañeros de banda. Sin embargo, elude su relación y la profunda influencia que la cantante escocesa Elizabeth Fraser tuvo sobre él. Por supuesto, para los que algo saben de la biografía del músico, esta omisión resulta al menos sospechosa. No obstante aquello, lo importante en la construcción de este documental es que su directora es capaz de esquivar la tentación de la hagiografía tradicional para adentrarse en las grietas del artista, sin eludir sus sombras, ni avivar innecesariamente sus brillos.

El gran acierto del documental —y el más problemático en términos éticos— es articular el relato desde la propia voz del cantante a través de diarios, cartas, maquetas y agónicos mensajes de contestador automático. Sin embargo, al convertir sus notas de voz privadas e inestabilidades emocionales en el hilo conductor del filme, Berg roza la delgada línea entre la exégesis artística y el voyerismo del dolor. 

Exponer esa intimidad sin la contraparte de una discusión seria sobre el colapso mental que provocaba en el cantante las giras noventeras, el éxito imprevisto de su primer álbum y la ansiedad de cumplir con las expectativas, no solo de su sello sino de seguidores, familiares y amigos, corre el riesgo de instalar la idea romántica y reaccionaria de que el genio debe pagar su talento con el dolor de un alma torturada.

Para los estudiosos de la dimensión estética de los años noventa, la voz de Buckley operaba como un vector anómalo, una rareza: en plena hegemonía del cinismo lírico del grunge, Buckley cantaba con la sensibilidad de Nina Simone, la pirotecnia vocal de Robert Plant y la poesía contemplativa de Leonard Cohen. 

Interesante también es la mirada de la directora sobre la inadaptabilidad de Buckley al ecosistema corporativo de Columbia/Sony. Tras el impacto de Grace y tres años ininterrumpidos sobre los escenarios, el músico se refugió en una vieja casona de Memphis para huir de la etiqueta de "sex symbol estilo James Dean" que la prensa especializada le había adosado.

Según esta biografía visual, aquella etapa final, previa a las sesiones inconclusas de Sketches for My Sweetheart the Drunk, no era una búsqueda de malditismo, sino una desesperada tentativa de repliegue estético. Amy Berg acierta al no ceder al sensacionalismo en la reconstrucción de su muerte: sin alcohol de graduación ni drogas en la autopsia (más allá de una cerveza), la inmersión vestida en las aguas del Misisipi queda como un punto ciego. En este sentido, tratar el desenlace no como un enigma, sino como el trágico accidente de un creador sofocado por el peso de las expectativas, es quizás la mayor virtud del filme.

El documental “It’s Never Over, Jeff Buckley” destaca porque nos confronta con una ausencia que no es solo biográfica, sino cultural. Escuchar hoy la textura cruda de sus interpretaciones o el registro de sus cintas caseras genera un contraste violento con la música contemporánea diseñada para la retención en plataformas de streaming.

El documental de Amy Berg no logra despojar del todo a Buckley de su aura de estampa trágica, pero al menos restituye el volumen físico de su trabajo. Al apagar la pantalla, lo que sobrevive no es la narrativa del poeta maldito devorado por el río, sino el registro incuestionable de un músico excepcional que usó el aire de sus pulmones para buscar una belleza que, trágicamente, el mundo que lo rodeaba no estaba preparado para sostener.

Género: Documental / Dirección: Amy Berg / Año: 2025 / País: Estados Unidos / Duración: 106 minutos/ HBO Max

Por: Eduardo Drouillas