Blog Editorial
A Loro Coirón
Ahora recuerdo ese momento. Acompañaba a Pato González de Centex e íbamos a almorzar al restaurante de la Doris, tradicional picada de una wanderina acérrima en el Barrio Puerto. Nos habíamos sentado en una de las mesas, y como un fulgor otoñal, hizo su entrada él. Thierry Defert, el Loro Coirón, ese nombre tan chileno ganado en el Valparaíso cosmopolita por su perfil coronado por sus abundantes cejas, y que también hacía honor a la mascota del decano Santiago Wanderers.
Loro venía llegando de Francia, ahora se había afincado en las costas de Normandía, las mismas que presenciaran el zarpe de las naves de Guillermo I, el Conquistador, quien reclamará la corona de Anglia. Las mismas que recibieran a los liberadores del fascismo de Europa, aquel 6 de junio de 1944. En esas tierras pobladas de zarzas e historia, el Loro Coirón había encontrado el nido y la luz necesaria para seguir con su trabajo de grabador.
El día del encuentro, nos saludamos con cariño y nos ubicamos en una gran mesa todos, porque el venía con su pareja y cercanas. Tomamos un consomé con pantrucas y algún plato de fondo. Loro nos contaba de su estancia en Normandía, mientras le hacíamos preguntas como niños pequeños.
Su pelo ya no tenía ese tono medio cobrizo de otros años, era ya más blanquecino, y su audición tampoco era la misma. Lo que más llamó la atención entonces, fue un grado de introspección que no le conocía y que al parecer se relacionaba con los problemas de escucha. Sin embargo, la despedida fue cariñosa y emotiva, de seguro todos nos volveríamos a encontrar…
El viernes pasado, retorné a mi hogar tras un concierto de Full Fulano epopéyico en Teatro Mauri SCD. Antes de dormir, le di un vistazo a las redes sociales para chequear alguna novedad. Y la novedad fue la partida del Loro. No fue un buen dormir por ello y otra situación muy desagradable que me tocó vivir.
El sábado, la primavera solar volvía en todo su esplendor. Asistí a librería Que Leo a la presentación del libro sobre la historia de la música beat en la Argentina de Julián Delgado, a quien había entrevistado en Café Negro. Le llevé parte de mi colección de discos de beat chileno, y hablamos harto con él sobre Los Vidrios Quebrados a propósito de una reedición, además de mostrarle del libro de fotos de ellos, editado por Gonzalo Planet.
Luego me dirigí al Barrio Puerto, que esa jornada celebraba la Fiesta de la Música. En Almirante Goñi encontré a Carlos Cartens, el Señor Dicap, quien me tenía una copia original del “Fictions” de Los Vidrios Quebrados, junto a otras joyas en vinilo, como si una fuerza superior lo haya querido así.
Ahí me encontré con Pato González, abatido por la pena y entendí que ese whatsapp te me llegó durante la presentación de Full Fulano, pidiéndome el contacto del Padre Víctor de la Matriz, ya que era para organizar el servicio fúnebre del Loro que será prontamente anunciado.
Almorcé en la Terraza del Puerto Di Vino, y me dirigí al atrio de La Matriz para presenciar el homenaje de la Orquesta Andina de la PUCV al “Gitano” Rodríguez. Entonces sonó “Valparaíso” en toda su profundidad y esplendor…
“Pero este puerto amarra como el hambre/ no se puede vivir sin conocerlo/ no se puede mirar sin que nos falte/ la brea, el viento sur, los volantines/ el pescador de jaibas que entristece/ nuestro paisaje de la costanera.”
Entonces visioné a Loro Coirón que llegó de tan lejos a está tierra océano regida por la Cruz del Sur, como cientos de miles de extranjeros que construyeron la ciudad cosmopolita, la urbe empobrecida de las vanguardias, la “Liverpool de Chile”, como me dijera Julián Delgado al final de su entrevista.
El Loro Coirón se había ido, y el Barrio Puerto estaba teñido de celebración y jolgorio. Ahí recordé que quien ha hecho de su vida una exaltación de la existencia, se le recuerda con cantos festivos, amor y abundante comida. Como canta Paul McCartney casi al cierre de "Abbey Road", "al final el amor que recibas será igual al amor que hayas dado."
Loro querido que me decías “el hombre de la música” por mi trabajo en radio Valentín Letelier, ahora entiendo en toda su amplitud, la virtud que tuviste al ver lo sagrado y trascendente en los detalles mínimos y cotidianos de nuestra gente sencilla y pobre, de nuestras calles y casas envejecidas. Y eso es algo que no se le revela a cualquiera, a quien desprecia la ciudad desde el prejuicio, la ignorancia y la distancia.
Ahora tu obra trasciende a otro nivel, como las novelas de Salvador Reyes, las fotografías de Sergio Larraín, las películas de Aldo Francia, las canciones de Osvaldo "Gitano" Rodríguez o los cuadros de Gonzalo Ilabaca. Ahora Loro Coirón, tu destino se ha entrelazado hasta el fin de los tiempos, con el destino de Valparaíso.
