Blog Editorial
El extravío del periodismo de la televisión abierta
Por René Cevasco
Cada día estoy más convencido que no sólo parte de la clase política está desconectada de la realidad de quienes los votan. Lo mismo ocurre también con quienes ejercen el periodismo en televisión abierta. Esto me queda claro cuando escucho las justificaciones que de tanto en tanto emiten sus rostros para tratar de explicar la miseria informativa con la que bombardean al público que aún consume este medio.
El último ejemplo de aquello es la cobertura dada tanto a Ivette Vergara por conducir a 160 kilómetros por hora su automóvil, como al de Camio Huerta por tráfico de marihuana encubierto tras un dispensario legal de cannabis. La justificación es siempre la misma: es que el público necesita saberlo por la resonancia mediática de los implicados. Claro, a más fama, más morbo por presenciar la caída.
Sin embargo, en la conversación diaria en el trabajo, o leyendo los comentarios en distintas plataformas informativas y cuentas noticiosas en redes sociales, la verdad es que a la gran mayoría le importa un soberano rábano. Es más, causa indignación la recurrencia de este tipo de informaciones, que en cualquier medio audiovisual medianamente serio no acapararía más que unos pocos minutos dentro de una transmisión diaria.
La gente sospecha, y con justa razón a estas alturas, que este tipo de noticia son usadas convenientemente para desviar la atención de la gran noticia. Seamos claros: las andanzas de poca monta de un sujeto que vive de exponerse en realities y colgarse de mujeres de cierta fama para sobrevivir no mueve un ápice el problema mayor del narcotráfico, ese de carácter internacional y organizado, que moviliza toneladas de pasta base y cocaína por nuestro territorio y puertos y del que sólo se incauta la punta del iceberg.
Hay asuntos subestimados por los editores de los matinales y noticiarios que tienen mucho mayor interés para las y los ciudadanos, como saber el grado de implicación de Andrés Chadwick en el caso Hermosilla, de modo de conocer hasta qué punto sus acciones tras bambalinas corrompieron al poder judicial. Esa sí es una noticia de calado y relevancia que merece cadena nacional y toda una mañana, como se le asigna en la extraviada televisión abierta a un miserable control de tránsito.
Muy bien lo apuntó Carlos Peña hace una semana cuando señaló que hay un periodismo que intenta dar clases de ética al resto, pero que es condescendiente hasta el hastío con el poder, y que es incapaz de contrapreguntar, apretar y llegar hasta el fondo de una contradicción o de una falsedad, escudado en una supuesta objetividad.
Es así como vamos sumando y constatando que, realmente, el periodismo de la televisión abierta está desconectado de la real necesidad de información trascendente. Esto, en rigor, se debe a sus propios intereses, por lo cual justifica, paternalistamente, y desde una mirada verticalista y autoritaria, que lo que exhibe es lo que la gente quiere o necesita conocer.
Se trata de un periodismo que se debe a sus propios intereses, subrayados por una pontificación y justificación permanente de una posición de privilegio autoasignada, ajena al rol que esta profesión debe tener para contribuir a la democracia del país.
