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Blog Editorial

La otra cancha del Mundial

22/06/2026
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Por Nicole Pastene Sanguinetti

Cada cuatro años, el Mundial de Fútbol se transforma en mucho más que un torneo deportivo. Durante algunas semanas, las conversaciones cambian de tono, algunas diferencias parecen suspenderse y millones de personas alrededor del planeta encuentran un lenguaje común en torno a una misma pasión.

Sin embargo, este Mundial 2026 ha dejado una imagen particularmente interesante en Chile. Aunque nuestra selección por tercera vez no forma parte de la competencia, las plazas, los colegios, las oficinas y las redes sociales se han llenado de personas intercambiando láminas, buscando las de aquellos jugadores difíciles de conseguir y compartiendo la experiencia de completar el álbum oficial del torneo.

A primera vista, podría parecer una simple expresión de nostalgia o una tradición asociada al fútbol, pero lo que estamos observando es algo mucho más profundo: un fenómeno social que empuja un acto individual hacia lo colectivo.

Porque el álbum nunca ha sido solamente un conjunto de láminas. Su verdadera riqueza radica en todo lo que ocurre alrededor de él. Está en la conversación espontánea entre desconocidos que descubren que ambos coleccionan, en el niño/a que aprende a negociar un intercambio, en el padre o la madre que revive recuerdos de otros mundiales junto a sus hijos, y en el encuentro en una plaza donde cientos de personas se reúnen con un propósito común y sencillo: completar colaborativamente una colección.

En un tiempo donde gran parte de nuestras relaciones se desarrollan a través de pantallas, el álbum sigue teniendo la capacidad de convocar encuentros reales, presenciales. Nos obliga a conversar, a cooperar, a intercambiar y a construir vínculos, aunque sea por unos minutos. Lo que parece una actividad individual termina convirtiéndose en una experiencia profundamente colectiva.

Quizás por eso el fenómeno trasciende generaciones. Los/as más pequeños/as descubren la emoción de coleccionar y perseguir una meta, mientras los adultos rememoran recuerdos, afectos y rituales que parecían olvidados, y entre ambos/as surge algo cada vez más escaso: tiempo compartido.

Hay además una dimensión especialmente significativa en estos tiempos. Vivimos en una época marcada por la inmediatez, donde casi todo está diseñado para obtener satisfacción instantánea. Las series se consumen de una vez, las compras llegan en horas y las redes sociales nos acostumbran a la búsqueda de la gratificación instantánea. En ese contexto, llenar un álbum parece casi un acto de resistencia cultural. No existe un atajo para completarlo, requiere tiempo, paciencia, constancia y, muchas veces, aceptar que el resultado tardará en llegar. Cada lámina pegada representa un pequeño avance en un objetivo que se construye paso a paso. Quizás por eso sigue resultando tan atractivo: porque nos recuerda el valor de los procesos en una sociedad obsesionada con los resultados.

Tal vez ahí radique la verdadera fuerza de este fenómeno, más allá del fútbol, el álbum nos recuerda algo esencial: que las experiencias más significativas rara vez se construyen en soledad y que las metas que realmente valoramos suelen requerir tiempo, esfuerzo y colaboración.

Mientras el mundo observa los partidos que se juegan en las canchas del norte de nuestro continente, en miles de hogares, escuelas, plazas y espacios públicos se desarrolla una historia paralela hecha de encuentros, conversaciones, paciencia y comunidad, que espero se mantenga en un futuro con cada vez menos niños y niñas.

Podría ser entonces, finalmente, que esta otra cancha del Mundial, aquella donde no se compite por una copa, sea el verdadero triunfo.