Hoy nos situamos en marzo de 1993. Tras el éxito planetario de Violator, el mundo esperaba que Depeche Mode perfeccionara su fórmula de sintetizadores limpios y pop oscuro. Pero la banda tenía otros planes. Se encerraron en una villa en Madrid, bajo la producción de Flood, y decidieron prenderle fuego a su propio legado para renacer entre cenizas de blues, gospel y distorsión.
Hoy celebramos los 33 años de "Songs of Faith and Devotion". Un disco que casi destruye a la banda, pero que nos entregó su obra más visceral, humana y, paradójicamente, divina.