Blog Café negro
Editorial: Lollapalooza, no gracias
Lo confieso, no me interesa Lollapalooza. No me mueve ni un pelo. Me da lo mismo quien toca o no lo haga. Y no creo que ahí se viva una experiencia que cambie la vida. Ya sabemos que esta franquicia, porque es eso - como quien abre un McDonals y paga por tener el nombre - no tiene nada que ser ver con su esencia noventera. Esas bandas alternativas pero convocantes que lograban sonar en las radios masivas, y cuyos shows en sus primeras versiones circulaban en cedés piratas italianos que vendían en la desaparecida disquería Spec de Viña del Mar.
La cosa, es que no siento sintonía alguna con ese evento sobrevalorado y sobre producido, que se ha transformado en una vitrina social para los sub veinticinco de clase media en ascenso, como lo era asistir a la ópera para las clases altas en el siglo XIX y XX. Porque finalmente Lollapalooza se traduce en miles de fotos y reels intrascendentes para las redes sociales que sólo buscan obtener el like tan necesario para ser alguien entre tus pares.
Créanme que dos años hice el intento de ver a las bandas y solistas a través de la señal del cable, sólo para aburrirme con una seguillida de propuestas indie descafeinadas, que son la caricatura de un sonido que no tiene nervio y alma y en donde al final de la jornada, es como si no hubiera pasado nada. Nada para recordar, ni una melodía memorable para reproducir.
Sólo un desfile de chicas y chicas lamentando sus aburridas y complicadas vidas en un modelo hipercapitalista e hiperconsumista, como si ese fuera el tema que debiera aglutinar a una generación de por si individualista y totalmente sometida a Instagram y Tik Tok. Pero confieso también que fui testigo de una excepción cuando descubrí alucinado a Saint Vincent y un sonido novedoso a pesar de sus influencias, lo que me puso los pelos de punta.
Pero esa es la excepción. Lo que ocurre hoy en los diversos escenarios de Lollapalooza es el reflejo de las plataformas de streaming. Es un flujo de música permanente cuya curadoría es como el algoritmo, frío y predecible. Esto es la perfecta imagen de tiempos en que el poder de la voz contracultural colectiva de una generación, se transformó en la atomización individual de imágenes y sonidos superpuestos en estratos que no dicen y significan nada, por más likes que la respalden.
Por eso para mí, tener la experiencia Lollapalooza, es un no gracias: porque el espíritu real del rock y el pop aún está palpitando en el escenario de un pequeño bar o pub con cincuenta personas y un grupo de bajo perfil que no sonará en las radios, ni lo impondrá un algoritmo…
René Cevasco
