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Blog Café negro

Editorial: Dale una oportunidad a la paz

06/03/2026
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“Sólo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”, cantaba el Salieri de Charly, León Gieco en 1978, cunado los vientos de guerra soplaban entre Argentina y Chile. Y es que cuando el dios Marte abre sus fauces pútridas y obscenas, no se sabe cuando las volverá a cerrar mientras desperdiga en las ciudades y campos su aliento de muerte y sufrimiento.

Así fue en agosto de 1914, cuando las naciones europeas chocaron con extrema violencia por sus intereses imperialistas apelando a la patria y a Dios, sacrificando en una moledora de carne humana a lo mejor de sus nóveles generaciones. Para noviembre de 1918, todos los sueños y anhelos humanistas de la alta cultura del viejo mundo, habían sido sepultados en el fondo infecto de las trincheras.

El anhelo de venganza y castigo provocó que ni pasadas dos décadas, la furia de Marte, nuevamente se desatara. Las tropas de las wermatch y ss, lucían en la hebilla de su cinturón el lema “Gott mit uns”, “Dios está con nosotros”, mientras ejecutaban a cientos de miles de civiles en Rusia. Y desde septiembre de 1939 hasta mayo de 1945, la muerte como una plaga infrenable se extendió por los confines del planeta.

Se aprendió la lección, de las atrocidades perpetradas contra estados y naciones, se erigió el derecho internacional que entendió que los crímenes de lesa humanidad no prescriben en el tiempo y espacio. Por otra parte la creación de Naciones Unidas, buscó la resolución pacífica de los conflictos tanto entre potencias, como en los estados más pequeños y empobrecidos.

Pero no fue una camarilla de oscuros intereses o algún delirio conspiranoico, lo que minó el éxito de Naciones Unidas, fueron los mismos grandes países vencedores, los que por su derecho a veto e intereses geopolíticos, los que configuraron el fracaso de  Naciones Unidas, que tras 80 años desde su fundación se yergue como un organismo desgastado y fracasado.

Mientras tanto, la guerra aparece por aquí y allá; Sudán, Ucrania, Irán, siempre habrá un país ensangrentado, mientras los señores de la guerra lucran con las vidas que eufemísticamente se enmascaran bajo el concepto de “daños colaterales”. Hasta este momento los EEUU han gastado unos tres mil setecientos millones de dólares que alimentan a la industria de las armas y finalmente a su economía nacional.

Es increíble que esta violencia primitiva y básica emane del mismo primate bípedo y parlante que generó a través de la cultura, la conquista de la Luna, los robots que exploran el planeta Marte o las sondas que han dejado los límites del sistema solar con un mensaje de paz para otras civilizaciones. Irónico por decir lo menos.

Por todo esto, planteo una reflexión sobre la paz. Crecí con la super producción “Gandhi”, cuyo mensaje de resistencia pacífica y no violenta tumbó todo el poder imperial de Inglaterra, potencia cuyo dominio desde mediados del siglo XIX, es el origen de todo el conflicto en Medio Oriente. Y por eso creo profundamente en la paz, como única respuesta racional a la violencia desatada.

De esta forma y por ingenuo que hoy sea, me alineo con los viejos jipis que se opusieron a fines de los 60’s a la intervención norteamericana en Vietnam. Y así invoco las palabras de San Juan Lennon: “Dale una oportunidad a la paz”, como un canto colectivo que detenga la agresión y locura detrás de toda guerra, siempre justificada, pero jamás justa.