Siempre me han dicho que hablo mucho y es verdad. Hablo en demasía. Ni siquiera la comida en la boca impide que siga diciendo algo cuando me apasiona lo que estoy contando o defendiendo.

Las mujeres hemos sido conminadas a callar. A ser como monas lisas contemplativas. A mover la cabeza para asentir o negar. A estar como ausentes, distantes y dolorosas.

Es como que lo que sale de nuestra boca debe ser siempre bien pensado y «acomedido». El garabato debe estar bien puesto para no arruinar el labial. Las palabras soeces deben ser dichas de forma cortada o en susurros. La «grosería» en boquita de señorita es más censurada que pezones, nalgas y entrepiernas.

La verborrea que algunas padecemos, acompañada de una tendencia al aumento de decibeles en nuestras peroratas, se debe, en gran parte, a que el discurso lineal y continuo en voz femenina suele interrumpirse, como si algo en él necesitase complemento o «aliño».

Esta práctica tiene un nombre en inglés del que no me acuerdo y que es parecido a cuando los hombres se sientan con las piernas abiertas como si tuvieran una docena de testículos (reduciendo de otra manera, esta vez nuestro espacio físico).

Lo de la palabra femenina es como los gases, los hombres resuenan sin pudores y nosotras debemos perder tripas por contener algunos y transformar los eructos en «seseos» inaudibles. Que no nos pase lo mismo con la palabra. Solo la «vulgaridad» nos hará libres.

por Ana Lazo

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