RVL modifica su programación en vivo

En línea con la política de la UV, la emisora privilegia el aislamiento social a través del trabajo remoto.

En línea con la política de la Universidad de Valparaíso de promover el aislamiento social a través del trabajo remoto debido al Covid-19, desde este lunes Radio Valentín Letelier, emisora de la casa de estudios, está transmitiendo en vivo su programa matinal “Café Negro” desde el hogar de cada uno de quienes son parte de este espacio radial.

“Café Negro” es un magazine radial que se transmite de 9 a 13 horas, en el que junto con una cuidada selección musical, su conductor y programador, Eduardo Drouillas, conversa con distintos panelistas e invitados, ahora todos por vía virtual, entre los que destacan especialistas de distintas disciplinas de la Universidad de Valparaíso.

A ello se suma, y en el marco de la nueva temporada de este programa, el reporte informativo que realiza en distintos momentos de la mañana la periodista Javiera Allendes, quien da cuenta de las principales novedades de la jornada en torno a las medidas que se adoptan en la Región y el país para hacer frente a la emergencia sanitaria.

El resto de los programas por ahora no se emitirán, por lo que en cada uno de los horarios Radio Valentín Letelier tendrá una parrilla musical ideal para acompañar a quienes están en sus domicilios y a quienes aún deben acudir a sus puestos de trabajo.

“Se trata de un esfuerzo técnico y humano que hemos concordado para proteger a nuestros funcionarios y funcionarias, asumiendo que de este modo también cada uno y cada una contribuye a disminuir los riesgos de nuevos contagios”, explica David Carrillo, director de Extensión y Comunicaciones de la UV y director responsable de RVL, quien destacó el esfuerzo Eduardo Drouillas, Javiera Allendes, Javier Moraga y Agustín Vásquez, quienes tienen a su cargo este programa.

Radio Valentín Letelier se puede escuchar a a través de sus señales 97.3 FM y 94 AM, y online en rvl.uv.cl.

El Papa Francisco ha decidido aceptar la renuncia de monseñor Ricardo Ezzati al Arzobispado de Santiago, después de una serie de denuncias recibidas hacia el cardenal por haber aparentemente obstruido la justicia y evitado una serie de investigaciones e indagaciones que inculpaban a una serie de relevantes personeros de la Iglesia Católica que habrían abusado a una gran cantidad de fieles en términos sexuales pero también de consciencia.

Fue así como a través de otras fuentes, como la propia ciudadanía y la prensa, pudimos enterarnos de los hechos denunciados y al parecer ocultados por el propio Ezzati. Entre los más relevantes se encuentra el famoso caso Karadima, que se ha transformado en la punta del iceberg de una iglesia que no era tan santa ni tampoco tan compasiva como lo creíamos hace no muchos años. De hecho, tanto su valoración nacional como sus niveles de confianza institucional han decaído con fuerza en los últimos veinte años. Así lo demuestra el estudio sobre religiones realizado por el Centro de Estudios Públicos, que en el año 2018 constató que la confianza en alguna institución y organización religiosa decayó de un 51 por ciento en 1998 a 13 por ciento.

La Iglesia Católica desde antaño, y la Iglesia Evangélica en la actualidad, han funcionado directamente como instituciones centrales del sistema político chileno, cuya batalla por la laicidad ha perdido rotundamente. Es más, la mayoría de las veces son estas instituciones las que han acabado por desalentar políticas relativas a la autonomía física de las mujeres, como lo es el caso de la interrupción voluntaria del embarazo en todas las causales, la ley de divorcio, ni hablar de las leyes de identidad de género —y el desafortunado dicho de Ezzati “no porque a un gato le ponga nombre de perro, comienza a ser perro”—, matrimonio homosexual, educación sexual, por nombrar algunas. Todas estas políticas que implican, por cierto, un avance en la agenda moral se suman al rechazo a otras políticas públicas sustantivas en materia de igualdad entre hombres, mujeres y grupos LGTBIQ+, las cuales siempre se han visto obstaculizadas por las instituciones religiosas, que se han transformado con el tiempo en actores extremadamente fuertes y con poder de veto.

A pesar de que un grupo importante de la Iglesia Católica ayudó a sectores oprimidos durante la dictadura chilena a través de la Vicaría de la Solidaridad, y aún se encuentra en algunas poblaciones pobres de nuestro país, las cúpulas están marcadas por esa clase dominante que se vincula fuertemente con el empresariado más rico y poderoso de Chile, que se han concertado con la propia Iglesia para suprimir políticas relevantes como el reconocimiento de los hijos naturales, para “no dividir la herencia”, incluso frenaron la politización de la violencia doméstica hacia las mujeres. Pues bien, esa Iglesia es la que hace crisis hoy. Sin embargo, hay que poner atención, porque la otra Iglesia es la que se levanta firme, esa fanática Evangélica que está tomando los espacios que está dejando la Católica y que se hace fuerte en base a la ignorancia de las personas, y lo que es peor, permea también en la clase política que ha sido incapaz de erradicarla de la discusión, aduciendo razones no sólo culturales, sino también confesionales. Es así como al interior incluso de la Democracia Cristiana se ha actuado históricamente escuchando a la Iglesia y frenando libertades personales, propias de sociedades civilizadas.

El futuro es totalmente incierto. El desprestigio hacia la Iglesia y hacia los credos abre un mundo de posibilidades para que las mujeres avancemos en derechos, y sobre todo abre un espacio para que podamos de una vez por todas pensar en un estado laico para el futuro próximo, siempre y cuando la derecha no comience a hacer guiños a las iglesias evangélicas fundamentalistas. De lo contrario, es posible que Chile caiga directamente de la sartén al fuego.

por Javiera Arce

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