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La memoria de Valentín Letelier en la historia legislativa chilena y la construcción del país

29/05/2023
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Uno de los trabajos intelectuales de mayor envergadura que guardan el Congreso y el Archivo del Senado son los 37 volúmenes de las Sesiones de los Cuerpos Legislativos que reconstruyeron los debates y sesiones de los primeros representantes, entre 1811 y 1845.

Durante las primeras décadas de reciente nación, las corporaciones no llevaron un registro sistemático de los debates y resoluciones del Parlamento. Solo desde 1846 se elaboran los Diarios de Sesiones del Congreso Nacional (Senadores y Diputados), tal como se conocen hoy día y desde mediados de 1990 se implementó el Sistema de Información Legislativa (SIL) que contiene la tramitación legislativa en línea.

Conscientes de la importancia de rescatar la memoria de los primeros años de los Cuerpos legislativos, en 1886, las autoridades del Congreso encomendaron la tarea de recopilar y publicar todos los antecedentes del funcionamiento parlamentario al destacado abogado, escritor, intelectual, profesor y político, Valentín Letelier Madariaga.

Una tarea titánica que se inició en 1887, junto a un grupo de recopiladores y que se prolongó por más de 20 años. El resultado fue la sistematización de un material invaluable que ha trascendido los siglos. Las peticiones de pensiones de las viudas de los denominados soldados pardos (esclavos y afrodescendientes) que combatieron en las huestes independentistas; las numerosas cartas de ciudadanía del Senado; los discursos de la revocación de los Mayorazgos y versiones manuscritas de los procesos constituyentes, son solo parte de las joyas documentales que se mantienen como testimonio del trabajo parlamentario en el Archivo Histórico del Senado.

De acuerdo al informe elaborado por el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile, en el marco del proyecto de diagnóstico para una puesta en valor del Archivo del Senado de la República. “Aquí comenzó la tarea reconstructiva de Letelier y sus colaboradores, quienes para dar cuenta de las sesiones de septiembre a noviembre del primer Congreso, instalado en 1811, debieron recurrir a una copia hecha por Mariano Egaña para Bernardo O’Higgins dos años después”.

Según consignó el propio Letelier:

“Para formarse idea de los primeros trabajos del Congreso, hai que atenerse a los documentos aislados que se conservan i al testimonio de los individuos de la época. Según una comunicación del obispo Elizondo, quien fue secretario del Congreso en este período, los debates de la asamblea a fines de agosto versaron principalmente sobre el proyecto de declaración de los derechos del pueblo de Chile”.

Letelier y sus compiladores hurgaron en centenares de manuscritos, cartas, numerosas publicaciones e incluso testimonios de personas. Es así como “el primer volumen del Archivo Histórico del Senado, formado cuando la independencia recién se había alcanzado y las autoridades apenas se asentaban en sus oficios, se manifiesta una preocupación por formar parte de la naciente esfera pública:

“Siendo un deber privativo del cuerpo tener un conocimiento exacto del contenido de todos los papeles públicos que salen de la prensa de este Estado se mandó oficiar al Excelentísimo Señor Director para que previniera al Director de la imprenta la remicion de esas comunicaciones públicas a la Secretaría del cuerpo.”

De acuerdo al estudio realizado por el Archivo Central Andrés Bello, con la llegada de la imprenta a Chile se afianzó la novedosa posibilidad de amplificar el alcance de las determinaciones de los actores políticos y en 1822  se editó el Diario de la Convención de Chile (Santiago, Imprenta Nacional), bajo la dirección de Camilo Henríquez. Al año siguiente se volvió más sistemática, mediante el Redactor de las sesiones del soberano congreso (Santiago, Imprenta Nacional) y, en 1823, El Redactor del Senado  (Santiago, Imprenta Nacional), editado por Melchor José Ramos.

 

Este último publicó: 

“Convencido el Senado Conservador y Legislador de la poderosa influencia que egercen en el espíritu público y en la libertad y decoro de los mismos cuerpos deliberativos la publicidad de sus discusiones y resoluciones, ha resuelto no solo celebrar tres sesiones públicas en las noches de los días lunes, miércoles y viernes de cada semana (consultando así las horas más cómodas al público) sino también publicar por la prensa lo más interesante de sus acuerdos y, hasta, donde lo permita la falta de taquígrafos la redacción de sus sesiones”

La obra de Valentín Letelier, se suma a otras grandes obras historiográficas de la época, como por ejemplo: la Historia General de Chile de Diego Barros Arana, la edición del Archivo de Bernardo O’Higgins, la Colección de Historiadores de Chile, el Epistolario de Diego Portales y el Archivo de Leyes Anguita, igualmente útiles para el conocimiento del pasado.

El trabajo de reconstrucción de los debates legislativos por parte de Valentín Letelier adquieren especial dimensión si se considera que, al menos, en 4 sedes distintas sesionaron las respectivas ramas del Congreso Nacional entre 1811 y 1876: el Palacio de la Real Audiencia, el Tribunal del Consulado y el Instituto Nacional en Santiago y en el antiguo templo Santo Domingo, en Valparaíso.

El surgimiento de la patria tras las guerras de Independencia estuvo marcado por fuertes periodos de inestabilidad social, política y económica y por lo tanto, es fácil imaginarse que, en cada vicisitud y sobresalto institucional, la documentación asociada al trabajo parlamentario quedaba relegada o parcialmente destruida.

El edificio histórico del Congreso Nacional fue el resultado de un largo proceso que se inició en 1854 con la aprobación de la ley que autorizó al Gobierno levantar la sede del poder legislativo en aquella manzana que, durante el periodo colonial, perteneció a La Compañía de Jesús.

La construcción del edificio de estilo neoclásico enfrentó varios retos, tales como, el repentino fallecimiento del primer arquitecto francés, Claude Brunet en 1855, quien fue contratado por el gobierno para diseñar la primera propuesta arquitectónica. Luego, vino el acontecimiento más trágico que costó la vida de unas dos mil personas con el incendio de la Iglesia de La Compañía en 1863 y que obligó a replantear los planos del edificio. Esta desgracia que enlutó a Santiago sumada a la falta de recursos demoraron el reinicio de las obras hasta 1870.

En total fueron 5 los arquitectos que acometieron la tarea de continuar las obras de la sede del Congreso: Claude Brunet; Lucien Henault, Manuel Aldunate, Eduardo Trait y Eusebio Chelli. Aun así el 1 de junio de 1876 el edificio se inauguró con el Congreso Pleno que recibió al presidente Federico Errázuriz Zañartu aun estado inconcluso y fue la sede del Parlamento hasta 1973.

 

Fuentes:
Archivo Central Andrés Bello, Universidad de Chile
Archivo Histórico del Senado
Biblioteca del Congreso Nacional
Biblioteca Nacional